Amo al Señor. Todos debemos poder declarar sin la menor vacilación. La ley lo manda: Amarás al (Dios) Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente, pero nunca fue conseguido en el corazón del hombre. Cuando llega la gracia de Dios y bajo los principios del evangelio, es que se puede.
Amo al Señor.
Lo más grande de la gracia y la más segura de todas las evidencias de la salvación es el amor.
He aceptado a Dios en mi vida: sin límites, ni reservas, tal cual es Él en Su gloria, santidad, lo que demanda de mí, en lo que he tenido que vencer de mi carne, de mi pensamiento, ni de lo que quiero, sobre todo de mi carne.
Él ha escuchado la voz de mis súplicas; mi voz y mis súplicas.
El que nos oiga es para Dios un gran favor que bien puede ser considerado como su hijo predilecto aquel a quien escucha.
El hecho de que Su oír siempre es activo (produce inmediatamente efecto, mucha energía y actividad, rápida) y con el propósito de ayudar.
Si Él oye mi voz, puedo estar seguro de que quiere concederme mi súplica.
(Salmos 18:1) Fortaleza mía.
No me puedo resistir, aceptar, sufrir, soportar, sostener, tolerar a Dios.
Nuestra carne quiere resistirse, no quiere sufrir, no quiere soportar la existencia de la grandeza de Dios.
Te amo, oh Jehová fortaleza mía.
Dios se ha entregado a mi vida como mi fortaleza.
Mi fortaleza (sostenerme, resistirme, puedo soportar fuerza, vigor, firmeza), afrontar con valentía sin dejar a un lado la razón que te permite obrar bajo ciertos principios, así es Dios con nuestras vidas, defensa de una nación, plaza, región, así es Dios.
Te amaré de todo corazón, con mis entrañas.
Nuestro Dios trino merece el amor más férvido (ardiente, ferviente) de nuestros corazones.
Dios se ha entregado, por así decirlo, a sus creyentes.
(Salmos 42:1) David no buscaba comodidades; "no suspiraba por honores", "pero el disfrute de la comunión con Dios era una necesidad vital para su alma".
La consideraba no meramente como el más dulce de todos los privilegios, sino como una necesidad absoluta, "como el agua para el ciervo."
Dadle su Dios y está contento, como el ciervo que al fin apaga su sed y está perfectamente satisfecho; pero negadle su Señor, y su corazón jadea, su pecho palpita, todo él se estremece como a quien le falta el aire después de una carrera.
(Salmos 73:25) Busca a su Amado por todas partes, objetos y sucesos.
Si le encuentra, ¿Quién es más feliz que él?
Si no le encuentra, ¿Quién está más desconsolado?
¡Ah! ¡Señor Jesús!: Tú eres el mejor de los amigos, Tú eres el objeto de mi amor; mi alma te busca; mi corazón te anhela.
¿Qué me importa el mundo con todos sus placeres y pompas, su poder y gloria, a menos que "Tú estés en él?
(Salmos 84:2) Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.
A algunos hay que arrastrarlos a la iglesia; en tanto que David está clamando por ella.
No necesitaba que repicaran campanas desde el campanario para inducirle a ir a la iglesia; llevaba la campana en su propio pecho: "el santo apetito es una mejor llamada al culto" que las llamadas de las campanas.
Anhela = lanzar gritos agudos (original "Ramag) en alta voz, como los soldados al comenzar la batalla. "¡Adelante, adelante!"; o bien cuando gritan después de ganada la batalla: "¡Victoria, victoria, victoria!"
Es como el niño que llora porque tiene hambre; cuando esto ocurre es todo el niño el que llora: lloran las manos, el rostro; los pies. (Thomas Brooks)
(Hebreos 6:10) Dos de las cosas que comportan (traer consigo, acarrear) salvación se manifestaban en la vida de los santos- su "obra" y su "trabajo de amor."
La "fe" que ellos tenían se manifestaba en "una vida de buenas obras y tenían el sello del verdadero cristianismo", un "amor" activo por la familia de la fe.
Seguían sirviendo al pueblo del Señor por causa de Él.
Contrario hoy en día: buenas obras no es lo propio, son los deseos de la carne: placeres, odio, contienda, enemistades, etc.
(1 Juan 4:19) Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero.
La única razón por la que podemos "amar es" porque Él nos amó primero.
Los diez mandamientos ordenan que uno ame a Dios y al prójimo, pero la ley no podía producir este amor.
Entonces, ¿Cómo podía Dios obtener este amor que "Su justicia" demandaba?
Él resolvió el problema enviando a Su Hijo para morir por nosotros.
Un amor tan maravilloso atrae nuestros corazones a Él como respuesta.
Decimos: "Tú derramaste Tu sangre y moriste por mí"; de ahora en adelante he de vivir para Ti.
Libérate, confesando y tomando esta decisión hoy y para siempre. Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
