Marcos 15:42
A todos los discípulos que caminaban con Jesús los querían matar y por eso estaban huyendo. A Pedro lo estaban buscando para matarlo y allí oculto en silencio está José de Arimatea. El no fue llamado apóstol, pero sí discípulo, el Padre lo había escogido. Parecía que no era ni violento, ni seguro, ni más atrevido que Pedro, pero tenemos que entender lo que el Padre entiende que es un discípulo. Esto es para que seamos capaces de hacer su voluntad. Porque si hablamos desde nuestro punto de vista podríamos pensar que José era un flojo, un cobarde escondido, lleno de miedo, pues tomó el cuerpo de Jesús de noche. José de Arimatea era un discípulo oculto que esperaba también el mismo reino que esperaban los apóstoles; caminó tres años con Jesús, pero a la hora de la muerte de nuestro Señor seguía trabajando la obra desde lo oculto. Sucede que la vida se les había complicado a los apóstoles, pues los querían matar. Es entonces cuando sale el discípulo oculto. El Maestro había muerto, el que todo lo resolvía, el que sanaba al enfermo, el que echaba fuera los demonios, etc., y ahora, ¿qué vamos a hacer? Lo más seguro es que todos se preguntaban esto. La vida nos trae circunstancias que hay que vivirlas y no podemos huir como los cobardes. En el momento de la muerte de Jesús los apóstoles no estaban con Jesús, ellos se escondieron. Pero había una situación que resolver alguien tenía que pedir el cuerpo del Maestro. Ese cuerpo estaba maltratado, desnudo, destrozado. Las mujeres no podían ir al Concilio a pedir ese cuerpo, pues ellas no podían bajar ese cuerpo de esa pesada cruz de madera. Por eso, tanto las mujeres como los apóstoles estaban descualificados. Pero había un hombre que sí estaba cualificado, José de Arimatea, un discípulo que de él muy poco hablan las Escrituras. Pero Dios el Padre lo tenía en una esquina para el momento preciso, para que se siguiera cumpliendo lo que era la voluntad del Padre con nuestro Señor Jesucristo. Pues el Padre saca al discípulo que está oculto para implantar su voluntad. Por eso, ¿por qué llenarnos de ansiedad y preocupaciones? ¿Por qué temer a la noche y a las circunstancias? Que tema el Diablo, pues él sabe que a Jesús no lo venció, sino Jesús a él. Y tú, vence tu carne y vas a vencer al diablo, pues nadie puede detener lo que Dios va a hacer. Vemos que Dios pone en el corazón de José lo que es Su voluntad, nadie detiene el orden que Jesús lleva, poderoso es Él para cumplir. Allí estaba el discípulo oculto, metido en el Sanedrín. Dice la Escritura que fue osadamente, quizás movido por la pasión que le provocó Jesús el día que le conoció. Eso hizo que pudiera ir a los romanos y pedir el cuerpo del Maestro. El Maestro, ese que nos hace llorar, reír, el que nos libertó. José sabía que en ese momento él sería el instrumento usado por el Padre. José era rico y pertenecía al concilio, era uno de los escribas, un buen hombre y justo. Pero aún con todo lo maravilloso que pudiera ser, una sola cosa lo clasificó para que bajara al Maestro de la cruz, ¡ERA DISCÍPULO! Podemos conocer la pasión que sentía por Jesús. (Marcos 15:46) Compró una sábana y junto a Nicodemo (Juan 19:39), trajeron mirra, áloes (olor grato) para el cuerpo maltrecho del Maestro. José cuidó todos sus pasos, cuidó que ninguna de las coyunturas del Maestro fuera quebrantada, pues él amaba al Maestro. Ese cuerpo tenía que ser bajado de esa cruz como la obra que es dirigida por Dios. José y Nicodemo ungen ese cuerpo con amor, con cuidado porque ese rostro fue deformado con la violencia de los hombres que querían matarlo. Aunque los impíos lo maltrataban José, como era discípulo lo amó con intensidad. Si una cosa pidió el Padre a José era que bajara a su Hijo de esa cruz con todos los cuidados. Porque ese cuerpo tenía que tener unas heridas y eran las del costado, las de la cabeza llena de pequeñas heridas por las espinas y los golpes y azotes de los impíos por ti y por mí. Ese discípulo oculto seguía amando ese cuerpo frío. Los demás sí que estaban ahora escondidos, porque nadie quería ahora las circunstancias de ser discípulo. Pero Nicodemo y José envolvieron a Jesús y lo perfumaron. A José no le importó que lo mataran, no le importó el problema, la tribulación, las circunstancias, porque para él a Jesús había que ungirlo y amarlo sobre todas las cosas de nuestra vida. Que difícil es amarlo el día que me llegó el día malo, el día de mi peor lucha y de mi circunstancia. José no llamó sus criados ni a nadie. Él tenía que bajar a Jesús de aquella cruz, ensangrentado, deshidratado, hinchado, sin olor grato. No había gloria para José en aquel momento. Al bajar al Maestro se llenó de sangre y sudor. Por eso no hay ningún servicio que se pueda llamar como si fuera algo bajo en el Señor Jesucristo. José estaba haciendo un servicio sin esperar nada a cambio. Satanás había planificado que Jesús fuera enterrado con los impíos (Isaías 53:9) Pero años después José cumplió la profecía escrita en las Escrituras. En una tumba de ricos fue sepultado porque Él no era un pecador. José le prestó esa tumba porque Jesús iba a resucitar. Satanás dijo, estará con los impíos en un sepulcro, pero el Padre estableció que Él fuera sepultado entre los ricos y este discípulo oculto iba a cumplir lo que Isaías profetizó (Isaías 53:9. José se esforzó para atreverse a cumplir lo que Isaías había dicho. Dios lo fortaleció y lo capacitó. Hoy no nos debe importar qué tipo de discípulo somos, abiertos como Pedro u ocultos como José. Porque si lo amamos seremos buenos discípulos. A veces queremos que se nos reconozca, esperando un golpe de suerte para resplandecer. Eso demuestra que si así es vivimos una vida vana. Pero tenemos que entender que lo más importante es amar al Maestro más que a nuestras propias vidas para buscar el plan de él. ¡Qué hermoso tuvo que ser para Nicodemo y José tocar el cuerpo del Maestro con todo su amor y pasión y lograr ungirlo y así amarlo para toda la vida, con todo cuidado y detalle! No eran discípulos de aplausos ni escribieron ninguna epístola (carta), no aparecen en las Escrituras como escritores; ellos sólo tomaron el peor momento del Maestro, de nuestro Señor Jesucristo, y lo amaron con pasión; no había grandeza ni gloria, había tristeza. Si nosotros lográramos amarlo estando Él en ese su peor momento, entonces sí seríamos buenos discípulos. Pero cuando llega el día malo muchos lo dejan, pues los vencen las circunstancias. ¿Eres tú mi hermano, eres tú iglesia, capaz de amarlo como lo amó José? ¿O te gusta la gloria del hombre, el esplendor y los aplausos? Pero si nosotros como iglesia lo amáramos con esta pasión fuésemos vencedores. Por eso logremos amarlo como José, y no busquemos gloria, pues ésta es pasajera. Hermano, busca sólo la simpleza. Busca solo al Señor. Amen
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
