1 Samuel 9: 5-10 En muchas ocasiones cuando nos allegamos al Señor es porque hay un problema, una situación, etc. Todos llegamos al Señor por algo. Saúl se vio en la obligación de llegar al profeta porque algo se le había perdido; se le habían perdido las asnas de su padre. Así también nosotros venimos al Señor buscando algo, pero Dios nos atrapó. Dios estaba esperando a Saúl para ungirlo como príncipe de Israel. Versículos 15-17 Dios nos da conforme a lo que Él tiene en sus planes. Nosotros vamos a buscar a Dios de acuerdo a lo que es nuestra necesidad, pero Dios no se mueve así, sino que nos da conforme a lo que Él tiene para nosotros. Miremos bien cómo es que nos acercamos a Dios. Dios está constantemente detrás de nosotros para hacernos bien. No deja de comunicarse con el que se acerca a Él todos los días. Tal vez podemos parecer fuertes, pero en alguna ocasión de nuestras vidas logramos ver lo frágil que somos. Si Dios nos deja viviríamos en tinieblas, en oscuridad. A veces nos dirigimos por lo que hay en nosotros, no por la voluntad de Dios y eso trae grandes complicaciones.
Cuando lleguemos a la casa de Dios guardemos nuestros pies. Estos pueden ser hermosos o despreciables para Él; nos llevan al mejor o al peor lugar. Un hombre y una mujer sabia guardan, cuidan, vigilan sus pies, tienen cuidado para donde van. En nuestras vidas tenemos que tener una reverencia total cuando decimos que vamos a la casa de Dios. Hay que cuidarse de como llegamos a la casa de Dios para esperar que Dios hable. Seamos sabios según Dios. A nosotros se nos llama a ser príncipes, pero en lugar de eso estamos buscando asnos. ¿Qué buscamos detrás de Dios? ¿Venimos a buscar a ese Dios poderoso o a los asnos? No vengamos a buscar lo mortal sino a Dios. Cuando llegamos a la casa de Dios lleguemos con reverencia en todo. ¿Cómo entras a la casa de Dios? No lo hagamos haciendo chistes ni en burlas. Conozcamos a ese Dios grande y poderoso; busquemos en su casa que Dios nos hable. Cuidemos nuestros pies, entremos con mucha reverencia al llegar a la Iglesia. ¿Qué razón nos puede mover a llegar a la casa de Dios sino es para amarlo, vivir para Él, adorarle y servirle?
Al pasar los años algunos van perdiendo lo de Dios y va creciendo en ellos el dominio de la carne y ésta les trae vergüenza para toda la vida. Por instinto al hombre le gusta oír hablar de Dios, pues lo espiritual le gusta aunque le busque de una forma equivocada. Le gusta buscar superficialmente, pero no llegar a la santificación. Por eso, "lo religioso" puede serle contrario para una salvación. Como religiosos, para ellos no hay necesidad de una salvación por medio de Jesús porque se amparan en las obras de caridad que hacen, etc, pero únicamente se es salvo por medio de Jesús, por medio de la gracia y de una relación personal con Dios. Ningún hombre puede ir a Dios si no es por medio del Señor Jesús. Por eso, hay que entender que a la casa de Dios se viene a buscarle a Él..
Parece que algunas personas que van a la Iglesia tuvieran sus manos tapándose los oídos para no oír, porque el oír les redarguye. Cuando prestamos atención a la Palabra de Dios ésta comienza a entrar por nuestros oídos, a nuestro corazón, a nuestra mente y vamos cambiando. Algunos no quieren oír porque lo que oyen les estorba pues saben que tienen que cambiar, que despertar del sueño. Cuidemos nuestros pies y acerquémonos más para oír lo que nos es necesario, oigamos para poder examinarnos. Es una necesidad oír su Palabra y estar dispuestos a aprender. A veces no es tan fácil ni todo el mundo está dispuesto a oír. Difícil es aprender lo que Dios quiere para nosotros; hacia donde Dios nos quiere dirigir. Es difícil caminar por nuestros propios pies por eso tenemos que aprender a oír y ser dirigidos por lo que Dios quiere.
De cada palabra que sale de la boca hay que dar cuenta a Dios. Lo que se dice será nuestro bien o será nuestro mal. El hombre y la mujer que saben escuchar son los que saben hacer bien su vida. A veces usamos la palabra para nuestro propio mal porque no fuimos prudentes. Las palabras imprudentes hacen mucho daño. Cuando no se quiere oír se comienzan a levantar argumentos y éstos se levantan como fieras y terminamos odiando, despreciando, llenos de ira. Mientras más herimos más nos alejamos; mientras más nos defendemos y contendemos más nos alejamos. Oír es más cómodo. Las cosas se acaban y lo que podía ser hermoso lo podemos destrozar. Mucho daño hacen las Palabras imprudentes. Si cuidamos nuestros pasos nos acercaremos a Dios en actitud de obediencia. El que es obediente sabe oír. La dificultad más grande es ser obediente y oír. El que no oye nunca aprende.
Que no nos importe el ser juzgados sino ser obedientes a la voz de Dios. Tan solo el obediente puede oír. A veces pensamos que podemos hacer tantas cosas por nosotros mismos, pero cuan frágiles y escasos somos luchando con nuestros problemas, cuan limitados somos y cuan faltos de poder. Entonces nos aligeramos a la casa de Dios buscando los asnos y no a Dios. Los sacrificios sin obediencia son necios. Acerquémonos más para oír que para hacer sacrificios. A veces se hacen promesas y no se cumplen. Cuanto mal se hace al no ser obediente y no acercarse a Dios para escucharlo. Saúl fue por una razón; buscar los asnos de su padre y Dios le llamaba para ser príncipe. Al fin y al cabo a él siempre le interesaron los asnos, por eso tuvo una muerte tan trágica.
Cuando alguien ama lo terrenal se va muriendo lentamente y tiene la condenación detrás de la oreja. Mientas más se aleja, más frío se pone. Mejor es oír a Dios en el día de la advertencia, cuando Dios quiere hablar. Es grande la necesidad que Dios nos hable. ¡Cuánto debemos amarlo! Dios quería a Saúl para príncipe y no para darle los asnos. No nos demos prisa con nuestra boca, mejor oigamos porque Dios está en el cielo y nosotros en la tierra.
Proverbios 10:19, 17:27 En las muchas palabras hay pecado. El que ahorra sus palabras tiene sabiduría. Las palabras imprudentes destrozan las vidas. Mejor es llegar a la casa de Dios para oír la Palabra. Obedezcamos. Cuando nos acercamos a Dios tenemos que refrenar nuestra lengua, porque Aquel que decimos que le servimos está alto, pero también está en la tierra escuchando lo que hablamos, lo que hacemos. Lo que nos persigue es aquello que hicimos en lo oculto. Seamos personas sabias. Cuando Saúl escuchaba a Dios todo le salía bien, pero cuando dejó de oír a Dios le fue muy mal. El oír y ser obedientes tienen que ir acompañados. Perder la voz de Dios por vagabundería o por cosas que no valen la pena, antes mejor es morir. Cuando somos obedientes y empezamos a escuchar Dios hace grandes cosas. Cuando Dios desechó a Saúl ya nadie podía interceder por él. Bueno es oír la voz de Dios. A muchos les pesa ser obedientes a Dios debido a que tienen metas personales. Pero, el hombre de Dios espera, no vive desesperado buscando las asnas. Quiere oír la voz de su Dios. Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
