Hay una fruta en el medio oriente muy conocida y apreciada, el higo. Y la textura del higo es suave. Son muy deliciosos y muy deseados por el pueblo judío. De acuerdo a como leemos en Jeremías, nosotros como Iglesia debemos ser buenos higos. A veces pensamos que vivimos una vida simple y que somos personas comunes y corrientes, pero tenemos que entender que somos una canasta de frutos que tiene higos buenos. Nosotros, la Iglesia, somos higos muy buenos para endulzar a los que nos rodean. Ese debe ser nuestro sentido de responsabilidad hacia lo que debemos ser en esta tierra. Al no cuidarnos espiritualmente nos podemos convertir en higos malos. En el tiempo de los reyes de Judá comenzó Dios a trabajar más fuerte con aquel pueblo por medio del profeta Jeremías. Les profetizó que aceptaran ir al cautiverio en Babilonia pues así Dios les enseñaría y restauraría. Algunos de ellos oyeron al profeta y obedecieron a Dios yendo a Babilonia, otros fueron rebeldes y se quedaron en tierra de Judá o huyeron a Egipto. Según la obediencia o desobediencia de ellos Dios los compara con higos buenos o malos.
Las brevas son los higos muy buenos, los de la primera cosecha, los que eran exquisitos. Dios quiere esos, los mejores. Es cuando somos de los mejores higos, el mejor fruto. Que cuando los seres humanos nos ven, nos quieren comer. Pero, ser obedientes parece ser cosa imposible hoy día. A nadie le gusta obedecer. Al hombre le atrae la desobediencia, pero siempre le traerá grandes males y pesares. Cuando se desobedece se sufren las consecuencias. Lo mejor de la vida es hacernos responsables, pues hay muchas personas a nuestro alrededor que dependen de cómo seamos. Si somos como higos tenemos que entender cuan buenos y exquisitos debemos ser. Nadie puede comer un higo malo y buscarle nuevamente para saborearlo, no se puede con alguien que sea desobediente. Con el humilde y obediente sí se puede y se recibe lo mejor.
A unos, el obedecer le es más suave, pero a otros le es más duro y complicado. Por ejemplo, la obediencia requerida a Jonás le resultó ser muy dura. Estuvo dentro del sistema digestivo de aquel gran pez. Pero, el más grande ejemplo de obediencia que podemos tener es nuestro Señor Jesús, quien amó la obediencia. Filipenses 2: 8 Cuando somos obedientes vamos a dar lo bueno en nuestra casa, en nuestro trabajo y en todo nuestro alrededor y los nuestros aprenderán y amarán también esa virtud.
Jeremías sabía muy bien lo que era la obediencia, pero el pueblo no. Cuando se vive en tanta desobediencia, se hace en el cuerpo tan natural porque la conciencia se cauteriza, se seca. Jesús fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Entonces la obediencia que debemos conocer es esa, la máxima. Cuando se desobedece se sufren muchas malas consecuencias y es bien triste. Uno decide qué higo quiere ser, si bueno o malo. Si amamos nunca le debemos dar mal a nadie, ni siquiera a nuestro peor enemigo. Para todo el que se acerque a nosotros debemos ser higos buenos. Procuremos que cuando lleguemos al cielo los ángeles puedan decir que somos higos buenos. Los higos buenos son dulces, blandos, de piel fina y su pulpa es llena de semillas menudas. La Iglesia debe ser como higos dulces con mucha semilla dentro de ellos. Así tenemos que ser nosotros, dulces, blandos, de piel fina. La Iglesia es la higuera con muchos frutos de higos buenos y deseados por todos.
Jeremías 29:17,18 Cuando el higo es malo viene la espada, el sufrir, el dolor. El hombre y la mujer que busca y que obedece a Dios y es manso para con Dios siempre van a tener el favor de Dios aunque se levante lo que se levante. No hay mal que prospere contra el que es obediente. Puede venir la misma muerte, pero nada nos puede derribar. Como único podemos caer derribados sería si dejamos de ser obedientes, pues nos ponemos duros, rebeldes. Como iglesia debemos amar la obediencia. Dios pidió y yo me dí: Dios no nos pide para que nos aplaudan sino para enseñarnos la obediencia, el padecer y el sufrir. Para enseñarnos que la escoria hay que sacarla. Que no se nos olvide que tenemos que ser higos dulces porque hemos de dar cuenta. Cada uno de nosotros tiene que dar cuenta, sentarse delante del tribunal de Cristo a dar cuenta. Al ser humano se le olvida que depende completamente de Dios, que tiene responsabilidades, se le olvida de quien ha salido. 2 Corintios 5: 10
Comenzó Dios a bregar con el pueblo de Judá. Los que primero obedecieron y se fueron al cautiverio tendrían la bendición de Jehová. Jeremías 29:4-6 Los que se quedaron entonces se convirtieron en higos malos. Los que se fueron huyendo para Egipto se secaron. La gente vive huyendo en el día malo, todo el mundo se va. Dios se iba a llevar al pueblo a Babilonia y allá le iba a cuidar. En muchas ocasiones Dios nos tiene que llevar a cautiverio porque es de la única forma que podemos aprender. A veces preferimos quedarnos escondidos e irnos para Egipto. Difícil es ser un higo bueno, porque hay que enfrentarse al cautiverio. Cuando vamos a lo que Dios quiere demostramos que somos higos buenos.
Los higos malos son amargos, están podridos, de tan malos no se pueden comer. Aquellos que no honran a Dios, que no dan buen servicio a su generación no se pueden comer. A veces vivimos disimulando no con sinceridad sino con hipocresía y un buen higo no puede vivir así.
El que se va para Egipto, símbolo del mundo, allí lo que aprenderá será la idolatría y la destrucción. Seamos personas de paz y no de contienda. El orgullo hace caminar con lo que hay dentro de uno y no conforme a la voluntad de Dios. Aquel que es obediente se somete a lo que Dios quiere y no murmura. Que Dios nos quebrante hasta donde sea necesario. Benditos sean los que han sido primeros en obedecer. Lo que se iban en el destierro iban a tener un feliz regreso porque así se les dijo. Iban a ser cuidados por Dios. Jeremías 29: 7
Dios siguió cuidando al pueblo en el cautiverio en lugares de mucha honra y así nos cuidará Dios donde Él nos quiera llevar. Nos protegerá, no habrá nada que nos haga daño. Él quiere que le demostremos que somos higos buenos. Los que se quedaron en Jerusalén fueron los que se quedaron sin corregir. ¡Qué mucho le huimos a que Dios nos corrija! Nos da vergüenza. Parecía que el destierro era para mal de ellos, pero era para bien. El mismo Jehová Jireh, iba a ser su proveedor allí y ese es el mismo Dios que nos prospera donde quiera que vamos. Cuando Dios quiere trabajar con nosotros, es porque nos quiere dar un corazón para que le conozcamos y así poder ser su pueblo. No podemos ser pueblo en Egipto ni quedándonos escondidos. El obediente es una canasta de higos de la primera cosecha, dulces, suaves, pero el desobediente es una cosecha de higos malos que no son deseables por el hombre ni por Dios. Nosotros decidimos lo qué vamos a ser. Estaré entre los buenos higos. ¿Y tú? Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
