Mega Zoé
Estudio #0706Iglesia en las casas

Enfermo Del Orgullo Y De La Lepra

Enfermo Del Orgullo Y De La Lepra enseña a perseverar en la oración y servir fielmente al Señor.

Antiguo Testamento2 Reyes5 min lectura

Muchas veces huimos para no enfrentar lo que no nos gustaría enfrentar. La realidad es que a lo que le huimos es a enfrentarnos a nuestro yo, a nosotros mismos. El general sirio Naamán estaba enfermo de lepra. Nadie en el palacio de los sirios podía orar a Dios para que Naamán fuera sano. En Siria solo había idolatría. Pero, en Israel había un profeta de Dios muy conocedor de Dios, Eliseo el profeta. Entonces, Naamán fue a su vecino país Israel buscando al profeta para que lo sanara de su lepra. Pero, para sorpresa de Naamán, el profeta lo trató sin ningún cumplido. Eliseo no fue donde él personalmente, solo le mandó a un mensajero (2 Reyes 5: 10). Con eso, lo que buscaba Eliseo era que Namaán no se sintiera demasiado alagado. Eliseo actuó con Naamán de acuerdo a como Dios quería. El poder de Dios estaba de continuo sobre la vida de Eliseo y todos lo sabían, sin embargo en él no había ninguna vanidad u orgullo. El demostró ser un hombre totalmente de Dios, de sí mismo no había nada sino solo de Dios.

Eliseo no era vanidoso ni orgulloso aún cuando era un profeta de poder y renombre, pero cuando vemos la conducta de Naamán, vemos el orgullo manifiesto. El orgullo es uno de los peores pecados que se pueden tener. El orgullo nos hace actuar mal y casi siempre se está enojado. Lo podemos ver en Naamán. Fácilmente se enojó porque no le gustó la forma en que Eliseo lo trató, esperaba un trato exclusivo. Naamán estaba terriblemente enfermo con lepra y antes que nada era su sanidad lo que debía buscar. Pero, el orgullo es tan exigente que va más allá del cuerpo lleno de podridas llagas que se va cayendo poco a poco. El orgullo de Naamán no le dejaba ver su condición. Eliseo no quiso ir donde él, no quiso hablar con él personalmente. La palabra dada por el profeta era suficiente. Si la palabra del profeta era recibida por Naamán con fe, solo eso sería lo necesario para recibir el milagro de sanidad. Así que lo que tenía que hacer Naamán para ser sanado le fue dicho por un criado de Eliseo y eso le fue ofensivo. Quería que Eliseo viniera a él personalmente. ¡Qué orgullo! ¡En lo que tenía que pensar era en su enfermedad!

Sabemos que él era una persona importante, pero Eliseo era un hombre del Espíritu que hacía las cosas como Dios quería. Naamán tenía en su mente cómo debía ser tratado y Eliseo no hizo nada semejante a lo que él pretendía sino que hizo como Dios le indicaba. Quería Naamán que estando en pie el profeta delante de él invocara el nombre de Jehová su Dios, y que alzara su mano y tocara el lugar y sanara la lepra (2 Reyes 5: 11). Es como si Naamán dijera: "Saldrá él luego… es lo menos que puede hacer por mí, ¡una gran persona como yo!" ¡Qué gran orgullo! ¡Qué mucho nos gusta que nos reconozcan y que nos abran las puertas por lo grande que nos sentimos ser!" Pensaría, "Dirá mi nombre en su oración, porque entonces se dejará ver ¡lo grande que soy!" "¡Tocará el lugar de la lepra y así será la curación!" Al no salir las cosas como él las imaginó se puso de mal genio. Pareciera que le importaba más recibir satisfacción para su honor que recibir la curación para su enfermedad.

Si Naamán quería que el poder divino lo sanara debía someterse a la voluntad divina. ¡Qué coraje! ¡Qué apasionado por su orgullo! Según la definición, la palabra orgullo es el exceso de estimación propia y la manifestación de desprecio ajeno, es altanería y arrogancia. "Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? (2 Reyes 5: 12)" Para Naamán aquellos ríos eran mejores, pero había una voluntad divina y Dios no miraba los ríos. Dios miró el orgullo de Naamán y así dirigió a Eliseo a hablar. Naamán se fue con su coraje muy airado, salió con la intención de que nunca más tendría que ver nada con el profeta. Pensemos, ¿quién era el que iba a perder?

Sus siervos le dieron un consejo (2 Reyes 5: 13). Los criados de Naamán pudieron ver que era mejor bajar la cabeza y así podría conquistar más. Él era el amo de aquellos hombres y les exigía como tal, pero los criados le hicieron entender lo correcto por lo propio del servicio al que se dedicaban. Naamán no podía entender lo que era obedecer a otros. A ese orgullo le hablaron los criados: "Si el profeta te mandara alguna gran cosa; algo muy difícil, como por ejemplo, que tuviese que darse tratamiento por años, ¿no lo harías?" Sin duda lo haría. Pero, solo le ordenó, "Lávate y serás limpio." La humildad de aquellos siervos le hizo razonar ante tal enojo. Si aquellos criados hubiesen seguido el pensamiento de orgullo de Naamán iban a querer vengarse del profeta. Entonces, les podía pasar como a los jóvenes que le gritaron calvo a Eliseo y murieron. (2 Reyes 2: 23-25)

Naamán quedó limpio cuando bajó su orgullo, cuando dejó el enojo y cayó en tiempo. Así con humildad conoció a Dios. "Ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra sino en Israel (2 Reyes 5: 15)". Había un Eliseo que dejó conocer a un Dios de poder conquistando el corazón de aquel hombre haciéndole bien. Él conoció en sí mismo el milagro de sanidad. Las enfermedades de Naamán eran el orgullo y la lepra. Necesitaba ser sanado de las dos enfermedades. Naamán debía descender del carro del orgullo y después lavarse de acuerdo al modo que le fue prescrito. Aprendamos nosotros de esto y aseguremos nuestro corazón delante de Dios. Amén.

Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz