Como se desprende de estos versículos, en este mundo hay muchos principios que son falsos. El mundo quiere que nosotros los creyentes vivamos según sus principios y por eso nos aborrecen. Pero, Jesús lo dejó claro cuando oraba al Padre, Juan 17:14 "Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo." Contrario a las enseñanzas del Señor Jesús, el mundo se caracteriza por alentar los bajos deseos, los falsos valores y el egoísmo. Así que, no es propio seguir al mundo, salimos de allí cuando nos convertimos. El llamado de Dios en esta primera carta de Juan es: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo." Este mundo se ha olvidado del Dios que lo ha creado. Cuidado, que eso no nos vuelva a suceder a nosotros los que creímos. Allí en el mundo solo se piensa en lo vano. Cuando un creyente deja a Dios es porque corrió de vuelta al mundo. Hay una forma de ser engañado por el mundo. Es cuando las cosas parecen estar muy bien, cuando al parecer no hay persecución, cuando hay ¡tanta paz! Es ahí cuando se está bajo la tentación peligrosa de llegar a un acuerdo con el mundo. El mundo aprovecha esa paz tuya y te ofrecen cosas, te alagan. Reconocen el valor de tu honestidad, saben que eres de confiar y que oras. Entonces te toman como el indicado para que hagas servicio al mundo en el que ellos se mueven. Hermano, ojo con esa trama, eso no se acepta. Cuidado con lo que haces, mira cuán comprometido estás con el mundo y rompe esas ligaduras.
Al día de hoy, como cuando Juan escribió, la obligación del creyente es que debe ser diferente al mundo. En este pasaje vemos que Juan veía las cosas como las creía; muy claras. El amor a Dios o al mundo es una cuestión en la que no cabe la neutralidad; o amamos al mundo o amamos a Dios. Jesús mismo dijo: "Ninguno puede servir a dos señores" (Mateo 6:24); la razón es que, a uno se tiene que aborrecer. La decisión definitiva que hay que tomar sigue siendo la misma: ¿Vamos a aceptar los principios del mundo o los de Dios? No es compatible el amor hacia el mundo con el amor del Padre. Todo lo que el mundo tiene para ofrecernos puede ser resumido como: los deseos de la carne, la codicia de los ojos y la soberbia de la vida (I Juan 2: 16).
Juan tenía dos cosas que decir acerca del que ama al mundo y se compromete con él. El hombre de mundo es el que lo juzga todo por sus apetitos, es el que es esclavo de la ostentación desmedida, es presumido, es un fanfarrón que trata de presentarse como mucho más de lo que es. La persona que se entrega a las metas y a las maneras del mundo está dedicando la vida a cosas que literalmente no tienen ningún futuro. Todas estas cosas son pasajeras y no tienen ninguna permanencia. Por el contrario, si has puesto a Dios como el centro de tu vida entonces te apegas a cosas que duran para siempre. El que decide vivir para Dios, vive para lo que permanece. En Dios tienes un gozo seguro que nunca se acabará (I Juan 2: 17).
Los pecados son típicos del mundo. Por tal razón no pueden estar en ti. Son, el presumir, la vanagloria, los deseos de la carne y de los ojos. En ocasiones, son los deseos sexuales impuros. En el Nuevo Testamento vemos que la carne es la parte de nuestra naturaleza que cuando está fuera de la gracia de Jesucristo ofrece un puente al pecado. De la carne surgen todas las ambiciones mundanas y los objetivos egoístas. Seguir la carne es vivir una vida dominada por los sentidos corporales. Es vivir para la comida, vivir solo para el lujo o para ser esclavo del placer carnal, ser codiciosos, inmorales, egoístas de lo que se tiene, sin ningún interés en lo espiritual, satisfaciendo en la vida solo lo material. Cuidado con todo esto que quiere alejar nuestro corazón del Dios que nos dio a su Hijo para vida eterna.
Los deseos de la carne no tienen en cuenta los mandamientos de Dios, ni su juicio, ni sus principios, ni siquiera que Dios existe. Aquel que se complace lo hace aunque destruya tanto a uno como a muchos. El que sigue los deseos carnales no respeta a las personas con tal de gratificar sus deseos. Es aquel que tiene y no es capaz de darle al que no tiene. Es el que ha hecho de sus placeres y comodidades un Dios.
Los deseos de los ojos es la tendencia a dejarse cautivar por las apariencias. Es el espíritu que busca la ostentación excesiva. No se puede ver nada sin desearlo. Es el deseo del hombre de poseer lo que ve y una vez que lo posee se pavonea y hace gala de ello. Es cuando se ha pensando que las cosas que se pueden comprar con dinero serán las que nos pueden dar la felicidad. El que vive según los deseos de los ojos no reconoce otros valores que no sean lo material.
La vanagloria de la vida es cuando se pretende tener más que nadie y valer más que nadie. Cuando se va a grandes restaurantes solo para impresionar aunque no pueda pagar allí ni el postre. Es cuando alguien se jacta de tener mucho dinero en el banco pero la realidad es que está mal en sus economías. Es cuando siempre se habla de los muchos amigos poderosos como el tal o cual comerciante rico, el médico, el alcalde, etc. Es alguien que puede vivir nada más que alquilado pero dice que ahora va a comprar una casa más grande. Su conversación siempre es para presumir de cosas que no tiene y se pasa la vida tratando de impresionar a todos con cosas que en su vida no existen.
Nuestras vidas no deben ser así. No podemos vivir según estas cosas de las que el apóstol Juan nos advierte. Que nuestro corazón sea siempre fiel a Dios, pues aunque vivamos en el mundo, seamos claros con nosotros mismos, ¡no somos del mundo! Juan 17:16 "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo." Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
