Puedo ver donde se entierran los ojos del hombre, más para las cosas de este mundo que para lo que es de arriba y no perece. Es lamentable ver que se corre detrás de lo carnal y temporal, antes que volverse a todo aquello que es para el cielo. ¿Para qué trabajas tú? ¿Para lo que tus ojos ven en el momento? ¿O para la eternidad?
Vemos en el pasaje de Jeremías 22:13-17 cómo fue la vida del rey Josías, quien buscaba las cosas de arriba, y el gran contraste con la vida de su hijo Joacim, quien vivió haciendo todo tipo de injusticias debido a su altivez y orgullo. Joacim escogió vivir como dice I Juan 2:15-16 Amó las cosas del mundo y no a Dios. Amó las cosas que están en el mundo. Amó y vivió para lo que llena al ojo, para los placeres, dejó todo lo de Dios atrás. Gente como él, si acaso le dan a Dios las migajas. Uno, nada más debe pensar y preguntarse: ¿Qué le doy a Dios? ¿Mi vida o las simples migajas? ¿Qué le doy al Señor, las sobras de mi vida? Poco o nada se le da a Dios cuando los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria es lo que se busca para satisfacer en la vida. La vanagloria lleva a la jactancia, al alarde. La soberbia, la altivez se manifiestan para todo lo vano y vacío de este mundo. Ser codicioso y vanaglorioso es la orden del día en este mundo.
Entendamos que nada en la tierra tiene ninguna gloria. Aquí todo se pudre o se daña, así que cuando ponemos los ojos en lo que perece es vana la gloria que se puede obtener, pues es alzarse con algo que va a terminar en algún momento. Se codicia lo que en esencia no vale la pena. La codicia la podemos definir como esos deseos inmoderados por las cosas mundanas, son esos deseos ardientes de riquezas o de tantas otras cosas que llenan el ojo. La jactancia es cuando se desea lo mundano y carnal por una razón, para poder alabarse, vanagloriarse, pavonearse, dándose puesto ante los demás. Joacim era un ejemplo vivo de lo que era la vanagloria. Así destruyó a una nación, a su gente. Ese es el peligro, ¡todo lo que se destruye cuando no se buscan las cosas de arriba! Se hacen las cosas para pavonearse, no se hacen por humildad ni por amor a las personas. Cuando se ama a Dios uno está lejos de toda esta maldad.
Joacim edificó su casa sin justicia. Levantó su casa según lo malo que había en él, según su vanagloria, bajo su codicia, con toda su jactancia y gran orgullo. Vivió en crimen, en orgullo, en la ostentación y en su presumir. Su deseo era mostrar todo lo que poseía debido al orgullo, tenía que estar buscando y agarrando lo de los otros para seguir demostrando que era grande. Para este hombre, el trabajo de rey era aparecer grande ante los demás sin tener el menor interés en hacerle bien al pueblo. Joacim quería tener un palacio, no le importaba que él mismo y el pueblo estuvieran bajo el yugo de Egipto y luego de Babilonia. Grandes sumas de oro y plata tuvo que darle en pago de tributos a esos reyes (2 Reyes 23: 35) mientras aún la vanagloria estaba en él, quien era un vasallo, un esclavo de Egipto y de Babilonia. Joacim no sabía gobernar a un pueblo pues no tenía en él equidad para su gente, no sabía ver ni distinguir entre lo bueno y lo malo debido a su jactancia. Por eso, le echaba encima al pueblo más dolor, ruina y más amargura. Joacim, por su vida egoísta y alejada de Dios no le daba al pueblo el pago justo. Aquel pueblo necesitaba un rey que fuera a Dios, pero él mataba a los profetas, aborrecía la palabra de Dios, no quería saber nada de lo santo. Todo lo santo lo destruyó, por tal razón Dios se alejó y no estaba con él. Por eso, tanto él como su pueblo carecían de todo. Sus ojos eran para su avaricia, derramaba sangre inocente, lo suyo era la opresión y siempre estaba listo para hacer violencia. ¡Ésta era su miserable vida, lejos de Dios!
Hemos visto que en la codicia el corazón se va detrás de los ojos y se busca lo de este mundo y no lo de Dios. Josías fue muy diferente a su hijo Joacim, era un buen rey y un buen padre. Si Joacim hubiese querido seguirlo todo hubiera sido diferente, su padre le había dado un buen ejemplo. Por eso, el profeta Jeremías le dice que la conducta de su padre le debería haber servido de pauta para el cumplimiento de las obligaciones como rey. Josías hizo juicio y justicia y así le fue bien. Usó del poder para hacer el bien. Josías trabajó, juzgó la causa del afligido y del menesteroso para ayudarlos. Eso es conocer a Jehová. Esto es amarle, seguirle y servirle. La bendición que obtuvo Josías fue de mucho bienestar y paz.
Por otro lado, Joacim tendría su sentencia, mucha desgracia fuera del amparo y del favor de Dios. Aquel hombre, a lo que ya estaba destruido, lo destruyó más. Era un prisionero, pero aún como prisionero nunca se humilló, sino al contrario, quiso dejar ver que vivía en grandezas por su vanagloria. El profeta Jeremías le hablaba, pero él no lo escuchaba ni se arrepentía. En su desgracia se llevó enredado a todo un pueblo para destruirlo más. ¡Qué desgracia! Esto es el producto de la codicia, de la jactancia por las cosas del mundo. Escapemos de lo que la carne y los ojos nos quieren ofrecer, escapemos del orgullo y de la vanagloria. Seamos sabios como Josías y no necios como lo fue Joacim. Lo mejor: ¡buscar a Dios! Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
