Se estaba celebrando en Jerusalén la fiesta judía de los Tabernáculos. Esta fiesta anual había sido dada a Israel desde los tiempos de Moisés (Núm. 29:12). Se celebraba la fiesta haciendo memoria del pueblo de Israel cuando salieron de Egipto y moraban en el desierto en tabernáculos o tiendas. Ahora, en el tiempo de Jesús, se le había añadido una nueva costumbre a la fiesta, aunque la misma no se menciona en el Antiguo Testamento. Los judíos hacían una ceremonia de llevar agua desde el estanque de Siloé y derramarla en un cuenco de plata junto al altar del holocausto en el templo de Salomón. Esto lo hacían durante cada uno de los primeros siete días de la Fiesta de los Tabernáculos. Pero, al octavo día, que era el último de la fiesta, ese rito no se hacía. Por tal razón, les resultaría sorprendente a los que estaban allí el ofrecimiento de Cristo del agua de la vida eterna precisamente en ese día. Luego de la fiesta de los Tabernáculos se hacía la otra gran fiesta solemne de la Pascua que se celebraba aproximadamente unos seis meses después. Allí, durante la fiesta de la Pascua sería cuando llegaría el fin de Jesús, muriendo en la cruz para pagar el precio por nuestros pecados. Pero, Jesús quería que los que estaban en la fiesta de los Tabernáculos lo conocieran antes de que pereciera en los próximos seis meses que vendrían.
Dice en Juan 7: 37 que Jesús se puso en pie y alzó la voz para hablarles. ¡Cuánto anhelo el del Señor para que los hombres conozcan la verdad! Esa fue la postura que asumió Jesús para saciar a los que tenían sed del alma. Ese último y gran día de la fiesta Jesús se puso en pie y alzó la voz para dirigirse a los judíos que allí habían asistido. Los invitó para que vinieran a Él y hallaran la plena satisfacción espiritual. Decía, "… Si alguno tiene sed…". Les hablaba de esa necesidad espiritual que tiene el hombre. Sin embargo, no todos aquellos lo conocieron ni le recibieron. Es que sabiendo el hombre que está mal, aun así vive huyendo. Muchos que saben que son pecadores nunca quieren ser salvos. Aunque se den cuenta que están perdidos no quieren ser hallados por Dios. Están conscientes de una gran carencia espiritual en sus vidas, pero no quieren acudir al Señor para que le sea suplida su necesidad. ¡Esa es la triste realidad!
Aun cuando Jesús conoce al hombre cómo es, se ofreció Él mismo a Dios en sacrificio para darle la oportunidad de arrepentimiento y salvación. ¡Cuánto amor! El Salvador invita al alma sedienta para que acuda solo a Él, no es a la iglesia ni al predicador, ni a las aguas del bautismo, ni a la mesa del Señor, sino a Él. Dijo claramente: "Venga… A MÍ… y beba." Beber significa aquí, apropiarse uno mismo de Cristo. Significa confiar en Él como el Señor y Salvador. Significa, tomarlo, beberlo en nuestras vidas como tomaríamos en nuestros cuerpos un vaso de agua. Acudir a Cristo y "beberlo" es lo mismo que poder "verlo." Todos los que creen en Él tendrán todas sus necesidades cubiertas y lo que correrá dentro de ellos será como un río de agua viva. Esto habla de la frescura y de la limpieza que hace el agua en uno. Esa agua de vida va corriendo todo el tiempo por nuestro ser. ¡Así es Cristo en mí y en ti! Del interior del creyente corren y corren ríos de agua viva. No hay peligro de que se acabe y nos vuelva la sed. Con ello se muestra que las gracias y dones del Espíritu Santo no son para permanecer inertes como en la quietud de un estanque, sino para moverse todo el tiempo y ser usados para el beneficio de uno mismo y de los demás. ¡Cuán grande, bondadoso y amoroso es nuestro Dios!
El río se conoce por sus corrientes como el árbol se conoce por sus frutos. ¿Cómo está tu corriente del río de Dios que debe estar fluyendo para ti y para otros? ¡Allí donde está el Espíritu su poder fluye! Si no hay fluencia ¡Él no está allí! Uno puede beber agua en pequeños sorbos o tragos, pero esto que el Señor nos ofrece queda multiplicado a una poderosa confluencia de corriente que fluye. Nadie puede ser habitado por el Espíritu de Dios y guardarse para sí este Espíritu. Jesús les hablaba a aquellos hombres de los que luego habrían de creer en Él. Les decía que cuando Él fuera glorificado esos creyentes recibirían el Espíritu Santo y fluirían en su interior, ¡como ríos de agua viva! (Juan 7:39) Nosotros, sí lo disfrutamos, porque… ¡YA JESÚS FUE GLORIFICADO! ¡FUE AL CIELO, FUE PUESTO EN ALTO DÁNDOLE A ÉL LA GLORIA! ¡RECIBIÓ DEL PADRE EL ESPALDARAZO PARA SER VENCEDOR Y PARA REPARTIR EL BOTÍN DERRAMANDO EL ESPÍRITU SANTO CON SUS DONES! De la misma manera que los creyentes no pueden convertirse en la mayor bendición posible para el mundo mientras no hayan recibido el Espíritu Santo con poder (Hechos 1:8), así tampoco el Espíritu Santo podría ser derramado mientras Jesucristo no fuese glorificado. Desde que Cristo fue glorificado todos los que nos arrepentimos de nuestros pecados y le aceptamos como nuestro Salvador tenemos la bendición de ser perdonados y bautizados y llenos del Espíritu Santo ¡con poder! En el Espíritu Santo es que hay poder para vencer las tentaciones del pecado y al diablo y para quemar la escoria en nuestras vidas. Así que, ¡no lo apagues nunca en tu vida! ¡Déjalo que arda en ti como fuego todos los días! ¡Déjalo que siempre fluya en ti como ríos de agua viva! Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
Ya Jesús Ha Sido Glorificado
Juan 7:37-39
“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.”
En el último día de la fiesta de los Tabernáculos, cuando ya no se derramaba el agua de Siloé, Jesús se puso en pie y ofreció el agua de la vida eterna. Esa agua es el Espíritu Santo, que ahora recibimos porque ya Jesús fue glorificado. Estos son los puntos para esta semana.
- Los primeros siete días de la fiesta derramaban agua de Siloé junto al altar; el octavo día no. Por eso sorprendía que Cristo ofreciera precisamente ese día el agua de la vida, meses antes de la cruz.
- Jesús se puso en pie y alzó la voz: ¡cuánto anhela que los hombres conozcan la verdad! Pero muchos, sabiendo que están perdidos y sedientos, viven huyendo y no quieren acudir al Señor.
- La invitación es a Él solo: no a la iglesia, al predicador, al bautismo ni a la mesa del Señor. Beber es apropiarse de Cristo, confiar en Él como Señor y Salvador, como quien toma un vaso de agua.
- Del interior del creyente corren ríos de agua viva que no se acaban. Los dones del Espíritu no son para quedarse quietos como un estanque, sino para moverse y bendecir a uno mismo y a los demás.
- El río se conoce por sus corrientes como el árbol por sus frutos. Donde está el Espíritu su poder fluye; si no hay fluencia, Él no está allí. Nadie puede guardarse el Espíritu para sí.
- El Espíritu no podía ser derramado hasta que Jesús fuese glorificado. ¡Ya Jesús fue glorificado! Los que nos arrepentimos somos perdonados, bautizados y llenos del Espíritu Santo con poder.
- En el Espíritu hay poder para vencer la tentación y al diablo y para quemar la escoria en nuestras vidas. No lo apagues nunca: déjalo arder como fuego y fluir como ríos de agua viva.
Pregúntate cómo está fluyendo el río de Dios en ti, y esta semana deja que corra hacia otra persona: ora con ella o compártele lo que Dios te ha dado.
Iglesia Cristiana Mega Zoé · Pastora Edermira Cruz
Un Río que Sale del Corazón
Juan 7:37-39
Para leer en voz alta con los niños
“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.”
Así lo dice la Biblia. En palabras sencillas: Jesús invita a todo el que tiene sed en el corazón a venir a Él. En una gran fiesta, Jesús se paró y gritó que Él da un agua que se vuelve un río dentro de ti.
- En la fiesta, los sacerdotes echaban agua junto al altar cada día. Pero el último día no había agua, y justo ese día Jesús gritó: «¡Ven a mí y bebe!».
- Jesús no hablaba de la sed de la garganta. Hablaba de la sed del corazón: sentirse vacío, triste o lejos de Dios. Solo Él puede llenar eso.
- Mucha gente sabe que necesita a Dios, pero se esconde y no quiere venir a Él. No hagas tú como ellos; ve a Jesús sin miedo.
- Beber de Jesús es creer en Él y dejarlo entrar en tu vida, como cuando te tomas un vaso de agua fresca y se llena todo tu cuerpo.
- Esa agua es el Espíritu Santo. No es un charco quieto: es un río que corre y llega a otros. Lo que Dios te da, también es para compartirlo.
- Jesús subió al cielo y desde allá envió el Espíritu Santo. Él te da fuerza para decir «no» a lo malo y para ser una bendición.
¿Cómo puede el río de Dios llegar desde ti a otra persona?
Esta semana escoge a alguien y hazle un bien sin que te lo pida.
Iglesia Cristiana Mega Zoé · Pastora Edermira Cruz
