Mega Zoé
Estudio #1504Iglesia en las casas

Buscaré que Mis Palabras Sean con Gracia

Atender la palabra de dios y perseverar en la oración sostienen el llamado central de este estudio.

Nuevo TestamentoColosensesDomingo, 18 de mayo de 20257 min lectura

Jehová nos escucha, y tenemos un ángel al lado que apunta todo lo que decimos. Si hablamos palabras malas, estamos dejando ver que en nosotros no está el Señor. La vida trae dolores y enojos, y uno tiene derecho a enojarse; pero hay que tener mucho cuidado con las palabras que salen de nuestra boca, porque el Señor sabe con qué sentido y con qué emoción se dicen. Nuestro testimonio de todos los días es lo que verdaderamente habla y dice que Cristo vive en nosotros: cómo actuamos y cómo hablamos, en cada gesto en que parece que nadie nos está mirando.

I. Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno (Colosenses 4:6).

A. La gracia es el conjunto de cualidades que hacen agradable a una persona.

1. La hacen amable, cortés y encantadora, permitiendo una sensación de agrado y simpatía a través de las palabras. Al que es todo sonrisa le sale fácil; a los demás nos toca aprenderlo.

2. Hay que hablar con delicadeza, buscando la concordancia y el encanto en el lenguaje, evadiendo la crudeza y la brusquedad. Pablo enseña a tener cuidado de cómo hablamos y de cómo nos imponemos frente a las personas.

3. La vida nos hace duros y crudos, porque nos acostumbramos a tratar con gente dura de corazón y decimos: "me pongo igual, eso se merecen". Pero con nuestros hechos les gritamos si somos iguales a ellos o si somos diferentes.

4. La gracia incluye dar a cada uno la respuesta que merece: si alguien me habla, atenderlo, mirarlo a la cara y hacerle caso. Hoy se conversa mirando el celular, y eso es falta de respeto.

5. Tenemos dominio propio para reponernos en los días difíciles, y lo recuperamos en la oración, pidiendo a Dios fuerza, paz y gozo, para que eso sea lo que se refleje en nosotros.

B. En una discusión no se llega a ningún lado.

1. Uno pelea y el otro pelea; nadie escucha, cada cual quiere decir la última palabra y decirla más fuerte. Es vivir el calor del momento y soltar la carne, nada más.

2. No se resuelve ningún problema echándole la culpa al otro, porque el otro no cede. Y si eso pasa en lo cotidiano, discutir algo de la Palabra no lleva a nada.

3. A ninguna alma se puede ganar sobre la base de una discusión, ni se gana a los hijos discutiendo todo el tiempo, para después hacer ver en la iglesia que todo está bien.

4. Por nuestras vidas es que atraemos a otros; es la única forma, con el ejemplo. Se nos impone el deber de demostrar a Cristo a los demás con nuestra vida diaria.

II. Lo que no debe salir de nuestra boca.

A. Hay maneras de hablar que no edifican a nadie.

1. Crear misterio y horror: hablar todo en negativo, con susto, tragedia y agonía. Hay cosas malas pasando, pero Dios es el más grande y está con nosotros; ese horror no nos tiene que paralizar, ni debemos asustar a los hijos en la casa.

2. La burla, el sarcasmo y la ironía: tirar el chistecito y la risita para hacer sentir mal al otro, e irse a la casa pensando "humillé a mi hermano, le gané, me sentí superior".

3. El orgullo, la prepotencia y la competencia: "yo tengo esto, yo hice lo otro". Eso no da paz, ni gozo, ni llenura; deja un vacío gigante.

4. La queja constante: "mi vida es una desgracia, este trabajo es una porquería". El trabajo que tenemos fue el que Dios nos dio, y le plació bendecirnos con él. Si estamos en prueba, algo Dios nos quiere enseñar.

5. Lo impuro produce pesadez y molestia a los oídos de quien escucha. Cuando somos partícipes de una conversación impura, debemos sentirnos redargüidos, no reírnos, y retirarnos.

6. Cuando Dios nos da la oportunidad de hablar bien y en cambio llevamos impureza, le hacemos daño al que nos oye. Mejor quedarnos callados: "yo estoy mal, yo no opino".

B. Quien nos escucha en secreto.

1. Delante de la gente se nos hace fácil disimular; en secreto nos despotricamos. Pero allí hay ángeles escuchando y está el Espíritu Santo.

2. Es mejor que te escuche un humano a que te escuchen el Espíritu Santo y los ángeles. Al humano se le olvida al otro día lo que oyó; al Espíritu Santo no se le olvida, y eso va escrito en el libro.

3. Vivimos cuidándonos de que el ser humano no nos vea, y se nos olvida que lo más importante es quién nos está viendo.

III. Sazonadas con sal: añadir en vez de restar.

A. Nuestras palabras deben influir positivamente en los que nos rodean, especialmente en los que no son creyentes.

1. Si el que no es cristiano nos ve viviendo peor que él y siempre en negativo, dirá: "¿para qué quiero yo ese Dios que tú tienes?".

2. La conversación debe dejar al otro alentado, con gozo y con fuerzas, no con cien mil libras encima.

3. Reflejamos a Cristo aportando un sabor diferente en el trabajo, con el compañero, con los padres y con el vecino, porque no hablamos como hablan los impíos. La gente nota que se habla con fe, con esperanza, con madurez y con firmeza, sin odio, sin envidia y sin contienda.

4. Añadimos valor a la conversación siendo la sal, como la sal le añade a la comida.

5. A los que no conocen al Señor hay que hablarles con ese fuego que no se apague. Si no lo hacemos, el día que esa persona se presente ante el Señor quedará escrito que nadie fue a presentarle a Jesús. Las ovejas nuevas se reproducen entre nosotros mismos.

B. El mundo nos quiere frívolos, impuros y amargados.

1. El mundo nos hace duros y fríos, para que no sintamos nada por nadie y hasta nos alegremos de lo que le pasa al otro "para que aprendiera".

2. Dios quiere darnos en su reino paz, gozo y amor; el enemigo quiere quitar eso y poner lo suyo en nosotros. Conociendo la verdad, le damos más lugar a la amargura que al amor.

3. La gente siempre va a hacer y a deshacer; lo que nosotros tenemos que cuidar es nuestro corazón.

4. La amargura aflige: en vez de hacer bien, hacemos mal. Si nos ven amargos, nadie dirá que esa persona tiene a Jesús.

IV. El que no es profundo no transforma vidas.

A. La profundidad se gana en la oración y leyendo la Palabra.

1. No se trata de salir del paso por encimita. Se ora el tiempo que se pueda, pero se ora; y sin conocer la Palabra no habrá profundidad, porque no sabremos ni qué decir.

2. No hace falta ser maestro ni dar teología para que alguien entienda quién es Jesús: el amor de Jesús se deja ver claro aunque sean palabras sencillas, porque la persona ya lo ha visto en nosotros.

3. A veces no somos profundos porque queremos vivir superficialmente, sin empuje y sin fuerza, porque es más fácil. Para que otros sean transformados hay que hablar de parte de Dios con fuerza.

4. Este camino es largo y no nos podemos cansar ni ponernos duros. Si nuestros hijos nos ven amargos y frívolos, dirán: "si esto es de mami, imagínate lo que queda para el mundo".

5. Al aconsejar no se debe ser frívolo ni hablar desde el coraje: hay que convencer con paciencia y con amor, porque se supone que en nosotros estén las cualidades de Jesús. Con las nuestras solo habrá discusión.

B. Lo que Dios está mirando.

1. Olvídense de lo que dijeron los demás y de cómo lo dijeron; lo único que importa es cómo hablo yo. En cada situación Dios mira nuestro corazón y nos está probando a nosotros.

2. No importa si aquel me insultó: lo que Dios está viendo es cómo voy a reaccionar yo. Echarle la culpa al otro no es excusa, porque quedó dicho en la Palabra que, por más que nos digan, debemos tener sus cualidades.

3. La sal que el Señor pide en nuestro hablar es una conversación sincera y sin doblez, no ser doble cara diciendo una cosa cuando se piensa otra.

4. Pidamos al Señor que su Espíritu nos llene de sabiduría, inteligencia, conocimiento, consejo, poder y temor, para que nuestras conversaciones no sean vanas ni sin sentido. No es sabiduría teológica, sino sabiduría en Dios para saber qué decir cuando hay que aconsejar.

5. Cuando se manifestó esa gracia en Jesús, conquistó el oído de la samaritana: ella le preguntó cómo un judío le pedía de beber, y Él le contestó con toda gracia, con toda pasión y con todo amor (Juan 4). Amén.

Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz