No podemos confiar en el hombre, en el brazo de carne que es débil y muy limitado, tenemos que amar y
confiar en Dios, el fiel y Todopoderoso Señor. Nunca debemos desconfiar de Dios y vivir faltos de fe. Cuando
hay incredulidad en alguien, el corazón se pone malo y se aleja del Dios vivo. Eso es lo que quiere el diablo.
Lucas 8: 12
Mientras el pueblo de Israel vivió en incredulidad estuvieron años dando vuelta por el desierto, cuando se le
había llamado para llegar de inmediato a la tierra prometida que fluía leche y miel. Pero no lo lograron por su
incredulidad. La incredulidad hace que la gente hable tontadas y se levanten con soberbia. Tenemos que cuidar
nuestro corazón de ese mal. Hemos sido sacados del pecado y tenemos que cuidar nuestro corazón de la
incredulidad porque ésta hace que nos apartemos de Dios y que no tengamos alegria, ni paz. La incredulidad
quiere llegar para que vuelvan a caer sobre nosotros las cadenas y vivamos esclavos nuevamente, cuando ya hemos
sido libertados. Aquel pueblo israelita era para que obtuvieran aquella tierra de inmediato. Nuestra fe es la que
mueve la mano de Dios, pero la incredulidad nos lleva a perder. Debemos cuidar nuestra vida. Un corazón malo
de incredulidad nos aparta de Dios por eso lo tenemos que tener en constante vigilancia. Al que cree, Dios bendice
y le da más abundantemente. Marcos 9: 23
Mateo 13:58 Nosotros no conocemos los tiempos, pero Dios si los conoce por eso debemos aprovecharlos.
A veces vivimos desperdiciando la vida y ésta no vuelve y los días no regresan. Seamos sabios conozcamos y
entendamos los tiempos. Era la última vez que Jesús pasaba por Nazaret. La incredulidad no le dejó a este pueblo
ver la visitación de Dios. No entendieron que Jesús era Dios sino que lo vieron como a un hombre común. No
pudieron ver más porque su corazón era malo de incredulidad. Es ahí, en el corazón donde la duda y la
incredulidad se encierran, en el corazón porque en él está la vida. Cuídate tú. Jesús vino a Nazaret para hablar la
Palabra. El quería que se conociera el poder de Dios allí. Venía a hacer milagros. Y aunque quedaron
maravillados de su sabiduría, no creyeron, por eso no alcanzaron. Jesús pudo haber hecho allí muchos milagros,
pero no los hizo porque ellos no creyeron. Se buscan otras cosas más que los milagros que Jesús puede hacer.
Aquellas personas se convirtieron en tontos y comenzaron a hacer preguntas insolentes; menospreciando a
Dios, despreciando al Mesías. La incredulidad les hizo llegar a necedades. El diablo viene a sembrarnos la
incredulidad. Pero Dios tiene un lugar preparado para nosotros, luchemos creyéndole. El hombre puede con
facilidad llegar a conocer lo de aquí de esta tierra, pero dificil le es conocer de lo alto. Se necesita la oración y la
búsqueda de comunión con Dios. El que ora conoce el mover de Dios y cómo El mueve su mano. Así que, la
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mejor forma en la que podemos resolver en la vida es creyéndole a Dios; es orando. No contestemos a preguntas
insolentes que le resten valor a quien le hemos creído, no podemos restar valor a lo que hacemos. El creer de
nosotros mueve a Dios. El impío no mueve a Dios, pero el creyente sí lo hace. Si dejamos de creer a Dios, Él no
se moverá a hacer para nosotros. En las muchas preguntas de los hombres de Nazaret hubo mucho menosprecio
hacia Jesús. Su incredulidad hizo que el Cielo cerrara sus puertas para Nazaret, cuando ésta era para tener toda la
bendición de Dios. Dejaron de ver la mano de Dios obrando a su favor. No pretendamos cerrar puertas con
nuestra incredulidad sino abrámoslas creyéndole siempre a Dios. A aquel pueblo le fue más fácil aferrarse a su
ignorancia que reconocer la verdad.
Marcos 9: 1 9, 23, 24, 29 Cuando nos aferramos a la tierra se van muriendo muchas cosas y llega el fracaso.
La oración y el ayuno es un sello en nuestras vidas que nos distingue, por tal razón el enemigo nos aleja de ellos.
Si no hay ayuno y oración no hay comunión con Dios y nadie puede echar fuera demonios sin ellos. La oración y
el ayuno nos llena de Dios completamente, nos llena de fuerza y de fe. Jesús no estaba hablando a todos los
impíos. Su reclamo era para los creyentes. El que lucha alcanza y tiene que creer constantemente. Se necesitan
muchos milagros. El día que no se ha creído es un día de fracaso y derrota. El fracaso está porque se ha dejado de
orar y de ayunar. El diablo trata de violentar nuestras vidas, nuestro ánimo, nuestras fuerzas para que dejemos de
ayunar y orar y entonces tenemos que luchar con nuestro hablar y con ello no logramos nada sino con el poder de
Dios que es el que transforma.
El que duda es porque le llegó la desobediencia y no hay fe; se puede condenar y el daño se lo hace a sí
mismo porque en vez de sumar resta. Dudar es descuidar a Quien nos ha dado la vida y nos ha cuidado de todo.
Cuando no se siembra no hay qué comer. Cuando dejamos de creer dejamos de recibir milagros y esta vida se
compone de milagros. Necesitamos milagros de Dios todos los días. ¡Algunos creían antes y ahora no creen!
¡Esperaban mucho de Dios y ahora no esperan nada! Debemos repetirnos para nosotros día a día que hay que
cuidar nuestro corazón y esperar siempre milagros.
Hoy día parece que no se necesita creer porque la tierra todo lo suple, todo al parecer se puede alcanzar con
astucia, con la prepotencia y la soberbia. Pero, cuando un hombre depende de Dios, aunque tenga mucho, necesita
pedirle a Dios el pan de cada día. Se necesita ser un buen terreno donde Dios siembre su Palabra. Ese es el buen
terreno, el que cree. En su vida podrá fluir la leche y la miel, para poder nutrir y endulzar. Cuando hay
incredulidad no hay nada de eso, sino que lo que hay es rabia, dudas, rencor y un vacío enorme.
Jesús levantó una iglesia para hacer milagros y como pueblo necesitamos creerle para que fluyan los milagros
a través de nosotros. En el cielo no hacen falta milagros, allí no va a hacer falta que hagamos nada. Donde hacen
falta los milagros es aquí donde nos movemos. Así que solo conquistaremos en ayuno y oración. Moveremos la
mano de Dios. Aunque no le guste a algunos son la oración y el ayuno los que nos llevan a Dios. Si dejamos el
ayuno y la oración nos llenamos de incredulidad. Es con la fe que quebrantamos ese mal. El ayuno nos acerca a
Dios para poder vencer los diferentes géneros demoníacos. Seamos sobrios y vivamos lo que es Dios y su reino de
poder. Desecha la incredulidad con todo tu corazón. Ella se deja ver fácilmente en nuestros actos, en nuestro
hablar, en cómo nos movemos y no llegaremos a ningún sitio viviendo la vida de Dios a medias. Esto es para
valientes, el valiente se da por entero. Para poder ver milagros tenemos que humillarnos completamente delante de
Dios. Y tocio l o oue ni rt;:imos en or;:ición l o recihiremos. Mateo 21: 22 Nnestra fe moverá monfañas. A mén
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
