Si algo debemos saber bien es que debemos desgarrar nuestra carne. Dios comienza a tratar con el hombre día a día llevándolo con su amor, tolerancia y paciencia. A veces nos habla duro a veces nos lleva suave, pero no debemos medir eso sino recrearnos en su amor, ver cómo Dios nos lleva, nos tolera para llevarnos en alturas y traer bien a nuestras vidas. La carne para nada nos ayuda sino que ella con sus concupiscencias nos mata, nos destruye. No podemos pensar que nos puede bastar con que nuestras vidas estén llenas solo unas ¾ partes. Hay que morir a nuestra propia carne, la cual es nuestro problema. Ésta es terca, se obsesiona por un solo pensamiento, va poseyendo, entonces comenzamos a cambiar el conocimiento de Dios para destrozarnos a nosotros primero y luego a los que están a nuestro alrededor.
Tenemos que ver cómo luchamos contra nuestra carne. Si conocemos las Escrituras sabremos cómo hacerlo. La carne asfixia completamente al Espíritu cuando vivimos para ella. Pero, cada cual decide terminar con su carne o no. Dios es quien ve esperanza en nosotros y si nos dejamos caer en sus manos será Él quien hará. A veces vivimos tropezando y echándole la culpa a éste o al otro, pero con lo que tropezamos es con nuestra carne. Para los que viven en el Espíritu no hay condenación, pero para los que viven en la carne sí hay condenación. Para que en nosotros no haya condenación Jesús murió, resucitó y subió al cielo. Él esta a la diestra del Padre, pero en la tierra se quedó el Espíritu Santo en lugar de Jesús y éste vive en nosotros porque la sangre de Jesús nos cubre. Cuando oramos Él intercede por nosotros al Padre. Romanos 8: 26 Tenemos que decidir si vamos a vivir para quien Él nos dejó, para el Espíritu. El Espíritu éste sigue siendo el mismo hoy, mañana y siempre. Los que hemos creído en Jesús como Salvador tenemos que vivir en el Espíritu. Si vivo en el Espíritu no hay condenación porque voy a caminar como Él quiere. Condenación hay si vivo en la carne.
El que vive en el Espíritu no. No vive conforme a lo que es emoción ni sentimiento sino que se va formando como un hombre o mujer estable y firme. El que ha decidido vivir en el Espíritu para ser guiado por la voz de Dios vive conforme al Espíritu donde quiera que esté. Mientras más leamos la Palabra más vamos a conocer a Dios. Al caminar conforme a la carne vienen los grandes peligros. Existen dos leyes: la de la carne y la del Espíritu. Si se vive en la ley de la carne hay condenación, pero si vivimos en le ley del Espíritu hay vida. Esta vida no se puede vivir si no es en el Espíritu porque es dura y nos golpea y entonces en la vejez se llorará y en el infierno será el llorar eterno y nadie podrá dar un consuelo allí.
Dios sigue siendo igual ayer hoy y por los siglos. Dios es Dios. La ley del Espíritu es para darnos fuerza, para vivir una vida santa y nos apartemos del pecado. Si tenemos la ley de la carne es para muerte y nos traerá mucha destrucción. Si hemos creído en Jesús y hemos sido libertados de la ley del pecado entonces hemos sido llamados a vivir en el Espíritu y a vivir como es necesario que la Iglesia viva.
En la antigüedad se le hacía imposible al hombre cumplir la ley de Moisés, entonces tuvo Dios que enviar a Jesús en semejanza de pecado. Padeció como cualquier hombre de esta tierra, pero en Él no hubo pecado. Jesús tuvo que venir en carne y la crucificó para que ya no conozcamos según nuestra carne sino que decidamos vivir en el Espíritu. Él condenó la carne por eso no le gusta nuestra carne y tiene que estar acordándonos que tenemos que vivir en el Espíritu. Con la ley era imposible producir una vida santa. El hombre de por sí es débil a causa del pecado que vino de Adán. Dios tuvo que dar la ley porque el hombre cayó por eso el cuerpo de Jesús fue molido por nuestros pecados. Su carne fue torturada, molida, llena de azotes, de desprecio, de humillación para que en nosotros haya la ley del Espíritu y no la ley de la carne.
El hombre es atraído por la naturaleza pecaminosa por culpa de Adán. Aquellos que han creído en Cristo tienen que morir a todo eso. Si necesitamos ser una Iglesia llena de poder tenemos que entender que esa naturaleza humana pecaminosa tiene que morir en nosotros. A veces tomamos como chiste decirle a alguien: "que carnal eres", hacer eso es estar lejos del Espíritu. La justicia de Dios nos ha librado de condenación, ya en nosotros no hay pecado por tanto ya no hay muerte pues Cristo padeció por mi carne. Andar en la carne es tener la ley de la carne y eso es muerte. Los inconversos, los que no han conocido, viven en las cosas de la carne y les son delicia, pero al pasar los años les llega la condenación eterna. Prefiramos tener la justificación y no la muerte ni pecado. Nosotros tenemos la ley del Espíritu que nos justifica para salvación. Los que son y se mueven conforme al Espíritu, junto con el Padre y con el Hijo deciden vivir conforme a lo que el Espíritu ha decidido llevarlos. Por esto desgarramos nuestra carne y nos levantamos por encima de ésta para vivir para las cosas eternas. Buscamos lo eterno para mover el Reino de Dios en esta tierra, el cual es gozo, paz y amor. Cuidémonos del enojo, del odio de la contienda, la vanidad. Todo eso es muerte. Si vivimos para la carne el corazón se endurece y dejamos al Señor que murió por nosotros llenándonos de veneno que trae muerte. Desgarraremos nuestra carne. Con veneno no hay quien razone. Se deja de amar como se tiene que amar.
El que vive en el Espíritu tiene vida y paz. Tiene garantía de vida verdadera, se está en paz con Dios, se está relajado, no como locos ni desesperados. El que es carnal no quiere inclinarse a su gobierno, a quien gobierna en el tercer cielo, al del soberano Dios y para llegar ahí hay que desgarrar completamente la carne para no vivir conforme a la propia voluntad y poder agradar a Dios. Nosotros hemos decidido vivir según el Espíritu de Dios que mora en nosotros y eso deja ver quienes somos. Nadie que vive en el Espíritu puede traicionar a otro. El que no tiene al Espíritu de Cristo no es de Él y sin Él se odia, se tiene pleitos, se fornica, etc.
Gálatas 5:16 El Espíritu y la carne no pueden estar juntos; siempre hay una pelea. Juan 3:6 La carne, carne es, no se puede acomodar al Espíritu, no se le puede dar justificación. La carne está condenada. Mateo 26:41 El Espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. I Corintios 15:50 La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios. Venzamos la carne si queremos heredar el reino de Dios. El enemigo no quiere que tengamos el reino de Dios. Desgarremos nuestra carne la cual es nuestro problema. Vivamos en el Espíritu y comenzaremos a ver las cosas distintas. Si vivimos en el Espíritu éste tiene comunicación con nosotros y lo entiende todo. Crucificar nuestra carne no es a solas sino es con Cristo. Eso haremos por siempre. Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
