Pablo estaba muy claro de que una iglesia ha sido establecida por Dios. Los hermanos corintios eran el fruto de la iglesia fundada por Pablo y éste estaba muy pendiente por lo que allí sucedía. Hoy día, muchos cristianos y líderes religiosos viven una vida apática a lo que sucede en la iglesia de Jesucristo y cuando se está lejos de la iglesia, por supuesto no se entiende lo que allí se trabaja. Pablo, como predicador y fundador tenía que reprender las muchas irregularidades en la iglesia de Corinto, porque era necesario que se corrigiera lo malo y que todos entendieran claramente su autoridad. Le tocaba al apóstol Pablo corregir lo incorrecto y lo malo que el mundo sembraba en aquellos hermanos corintios. La iglesia de Cristo es llevada a perfección por Dios. Somos separados para Dios, Él nos tomó, nos separó y eso es un orgullo, una satisfacción y grandeza en nuestras vidas. Entendamos que Dios nos perdonó en Jesucristo, nos lavó de nuestros antiguos pecados y ahora somos separados de la corrupción del mundo. Pero, hay que tener cuidado, pues llega el momento en que las cosas de este mundo se ven como algo normal para la iglesia. Pablo entendía muy bien que aquel pueblo era separado por Dios, que eran llamados a ser santos, constituidos y formados para serlo. 1 Corintios 1: 2 "A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro." Nosotros somos constituidos para ser santos. El ser llamado para ser santo es el designio de Dios. Lo bueno del evangelio al cual nosotros pertenecemos, es que día a día nos vamos santificando. Pero, en muchas ocasiones el diablo viene a darnos un tumbe. De momento, un día en que todo nos va bien y en orden, nos ataca el enemigo fuertemente. Entonces, ese proceso de santificación se puede interrumpir y viene la mezcla con el mundo. Volver al buen camino para caminar otra vez rectamente nos cuesta, hay que pagar un precio de negación y arrepentimiento para poder retomar la vida de santidad. La vida de santidad es una vida agradable a Dios, una vida de excelencia, una vida de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Es la mejor forma de vivir. Tenemos que despertar y retomar el proceso de la santificación. Pablo tomaba de su autoridad dada por el más alto, por Dios, para corregir las irregularidades que surgían. Debemos entender que las cosas que están mal se corrigen. Así, todos salimos beneficiados y Dios es exaltado. Juan 17:17 "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad." Los que quieren invocar el nombre del Señor tienen que ser santos. Insisto en que ser santo es vivir separados para Dios, separados para el bien y para lo que es justo, es vivir una vida agradable al Señor. Por eso, Jesús pidió por nosotros al Padre que nos santificara. Jesús estaba bien claro de cual era la necesidad de sus discípulos. Santificar es poner aparte. Dios nos escogió aparte para que seamos fieles, justos, limpios día a día. ¿No es esto lo mejor que nos puede pasar? ¿No es esto lo mejor que puede tener un reino o sociedad, contar con mujeres y hombres rectos de corazón y apartados del mal? Sin embargo, nuestro fin es aún más excelente, nosotros tenemos que ser santos porque somos dedicados a Dios, para su servicio. Nadie que no sea santo, dedicado a Dios podrá darle servicio. A veces pensamos que conservamos el alma estando en un ministerio. Pero, la manera correcta de hacerlo es viviendo en santidad. Por eso, el mundo no nos tumba, si nos conservamos en la santidad. A Dios no se puede ir sino es en santidad. Hebreos 12: 14 El hombre, la mujer, el niño, el joven se conservan en la santidad. La petición de Jesús fue que los nuevos hombres creyentes en Él sean santos. Tenemos la ayuda directa de Dios para que la obra de santificación se complete en nosotros. Además del Espíritu Santo, que nos ayuda en todo el proceso de santificación, tenemos la Palabra de Dios que tiene un efecto santificador grande en los creyentes. Nos santificamos también por el poder de la Palabra. Ésta produce en nosotros el deseo de santificarnos y nos convertimos en un vaso separado, apropiados para el uso del Maestro. Él no puede usar a nadie que desconoce lo que es la santificación. Jesús pedía un pueblo separado, apartado del mundo, agradable a su corazón y útil para Él. Efesios 5:25-27 "…así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha." Aquí se le confirma a la iglesia que tenemos que santificarnos. Algunos dejan ver que por las irregularidades de sus vidas han dejado el proceso de la santificación. La iglesia tiene que ser santificada porque representa a Dios donde quiera que vayamos. Al Señor no se le puede hacer daño ni a la iglesia. La Palabra es la que nos enseña donde ir y qué debemos hacer. El amor de Dios por la iglesia se muestra por su obra en el proceso de la santificación. Nuestras vidas son purificadas al oír la Palabra y en ella nos vamos lavando cada día más. De acuerdo a cómo escuchamos la Palabra somos limpios. Somos santificados en la verdad de la Palabra de Dios. Está en nosotros seguir siendo educados por el mundo o en cambio ser educados a través de la Palabra. La sangre de Cristo nos purifica de una vez por todas y la Palabra nos libra del pecado, nos purifica continuamente de la contaminación e impureza del mundo día a día. Estamos siendo bañados en el presente no por el agua literal, sino por el agente purificador que es la Palabra de Dios. Si invocamos el nombre del Señor lo hacemos en santificación, porque somos santificados por la sangre de Cristo y su Palabra. La iglesia como la esposa de Cristo se prepara, se purifica, se santifica. Si como iglesia hemos decidido limpiarnos seremos instrumentos útiles para la honra de Dios. I Timoteo 5:22 El que cuida sus caminos y doctrinas con Dios se separa de los malvados para ser útil al Maestro en toda buena obra. Solo Dios puede conservarnos puros. Así que, tenemos que luchar día a día para santificarnos, pues o somos santos o somos del mundo. Yo he preferido ser una mujer santa para Dios. Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
