Cuando llegamos al Señor hay mucho que debemos aprender para hacer las cosas del modo en que se hacen en el reino de Dios. Se ha pensado que es deber y responsabilidad de la iglesia criar los niños de los hermanos, pero esta responsabilidad tan personal le corresponde a los padres. Un hijo que no se vela para cuidarlo espiritualmente, el diablo aprovechará el descuido de los padres y buscará sembrarle lo malo. Vemos que el que batalla por sus hijos es el único que conquista y puede salir a flote. Isaías hizo un llamado al pueblo de Israel al arrepentimiento para enderezar sus caminos, porque se había deformado la vida de aquel pueblo. Si la vida de las personas ha tomado un rumbo equivocado, entonces, tienen que volver a formar sus vidas. Para hacerlo hay que tener una convicción de un deseo de cambio y firme determinación de nunca volver a deformarse. Debemos mirar a nuestros adentros, porque hacerlo será nuestro gozo o no hacerlo será nuestra tristeza para el mañana.
A veces puede haber un arrepentimiento y no una reforma y es porque no se han tomado las debidas medidas. Al ir pasando el tiempo se nos hace costumbre el arrepentimiento, pero no con una reforma de vida. Para nosotros ser recibidos por Dios tenemos que ir a Jesús y comenzar a limpiarnos de los escombros espirituales. El corazón es malo y perverso y es ahí si nos descuidamos, donde podría estar nuestra propia destrucción. Si decidimos en la vida obedecer, lo comenzaremos a hacer para Dios y no llegará la rebelión. Cuando Dios trabaja en nuestras vidas es mejor vivir en santidad y humillarnos delante de Él. Cuando se vive en rebelión se vive en mucho coraje y chismes. La obediencia no es algo que lastima, sino que es para bien de nuestras vidas. Cuando Dios quiere obrar en la vida diaria del creyente a algunos eso se les convierte en coraje. Optan por alejarse, arrancando sus raíces de la iglesia donde se convirtieron para sembrarse en otro sitio que no les es apropiado para crecer. Se puede ver el mal y solamente señalarlo, pero así no se limpian los corazones. Como iglesia, debemos hacerlo en ayuno y oración. Cuando se limpia el corazón todo queda limpio. Si obedecemos seremos aceptados por Dios, por tal razón será aceptado nuestro sacrificio.
I Corintios 13:3 Podemos estar haciendo sacrificios, pero si en nuestras vidas no hay la búsqueda con Dios, eso no nos expía del pecado que se apega al corazón; tomamos todo como bueno y vamos tomando lo de Dios con calma y ese nivel de amor va menguando, porque se nos pega el polvo del mundo. Cuando el mundo comienza a ser un tesoro para el corazón, ahí comienza la destrucción. Tanta libertad hace que los pies vuelvan al mundo. La única forma de lavarse y limpiarse es apartarse de la iniquidad. Es preciso entrar a las raíces del pecado, no es solamente dejar de practicar algo. Es entrar en eso profundo en donde nadie más puede entrar sino solamente Dios y uno mismo. Podemos echarle polvo en los ojos de la gente y presentarnos arrepentidos, pero cuando escudriñamos lo profundo del corazón, quedan muchas cosas y al pasar los días se dejarán ver. Que Dios trabaje, remueva y limpie en nuestro interior.
Hay que tomar la decisión de hacer lo bueno porque Dios ha obrado una reforma en nuestras vidas. Esa reforma de vida se ha obrado en nosotros los que hemos creído. Entonces, hay que aprender a hacer lo bueno. Hacer lo bueno no es algo congénito que viene en nosotros, sino que es algo que se necesita aprender. Hay que tomar el cuerpo y dominarlo para aprender a hacer el bien. Aprendamos a hacer lo bueno sin limitarnos en ningún esfuerzo, porque es una asignatura de primerísima importancia para nuestras vidas. Es que tenemos que hacerlo siempre, porque si no lo hacemos pecamos y entonces habrá muchos días de mucho llanto y dolor. No nos hemos dado con todas nuestras fuerzas para hacer el bien, hagámoslo. Estemos dispuestos a negarnos a toda vanidad, a ir detrás del bien todo el tiempo.
Tito 2:12 La gracia, el bienestar de Dios viene. Dios puede hacer lo imposible posible. La gracia es la que nos lleva a conocer. Ésta nos enseña, nos ilumina en la escuela de la santidad. Hay cosas que no son aceptadas a las que tenemos que renunciar. Hay cosas que tenemos que verlas claras, precisas. Cuando se comienza a aceptar todas las cosas como buenas, es porque hemos dejado de luchar y por eso nos convertimos en cobardes y el diablo hace fiesta. El alma llena de sentimientos nos agarra y nos destroza. Pero, Dios es tres veces santo. La disciplina es algo muy útil para nuestras vidas en todo. Debemos renunciar a la iniquidad y a los deseos mundanos, porque esas cosas no las podemos llevar al cielo. Los deseos mundanos son aquellas cosas que no podemos mostrarle a nuestro Dios, que es tres veces santo.
Solo Jesús puede hacer, no solo en nuestra vida exterior sino en lo más adentro de nosotros. Cambiaremos por dentro y Dios nos verá aptos, nos verá consagrados por dentro, pero para esto tenemos que estar dispuestos. Para esta escuela de justicia, amor y santidad hay cosas negativas que son inaceptables y hay que aprender a renunciar a ellas. Por aquello que no hemos renunciado y no es aceptado vienen los días malos. El Espíritu Santo trabaja en nuestras vidas y la gracia de Dios es la que nos enseña. A lo primero que hay que renunciar es a la impiedad. Eso significa irreligión; significa que no hay temor a Dios. Debemos renunciar a un pasado pecaminoso, debemos aprender a decir "no". Cuando no se dice "no" es por falta de reverencia, temor y amor a Dios. Con el pecado no se tiene misericordia. Dios tiene misericordia del pecador, pero no del pecado. En esto seamos iguales a Dios.
Una iglesia santa lleva el mensaje de santidad y todo el que llega a ella debe arrepentirse y entrar al proceso de santificación por el Espíritu Santo. No pueden ser propios de un creyente, de un justo las pasiones y la concupiscencia mundana. Si la gracia es la que nos educa, entonces renunciemos a la impiedad y a los deseos mundanos y así aprendamos a vivir en este siglo. El Espíritu Santo por la gracia nos educa a cómo vivir en este tiempo, lejos de lo mundano, de los placeres, riquezas, poder, fama o cualquier otra cosa que sea esencialmente mundano. La gracia nos enseña a vivir justa sobria y piadosamente. Una persona carnal no puede ser una persona piadosa, sobria y justa. Sobrio significa tener cordura, dominio de sí mismo. No es el cuerpo el que dirige nuestras vidas, sino que la gracia nos enseña a ser personas con dominio propio. Una persona justa lo es hacia sí mismo y al tratar con los demás lo hace con justicia, equidad, honestidad y hace todo aquello que le es agradable a Dios.
El temor a Dios nos aleja del pecado. No hay temor cuando hay libertinaje que hace al creyente caer en pecado. La razón para prepararnos espiritualmente es que esperamos el día de Su venida. Hay virtudes agradables a Dios que deberían caracterizarnos en este mundo donde todo a nuestro alrededor va a ser disuelto. Vemos que no hay ninguna buena razón que pueda defender el pecado en nuestras vidas. Cuando alguien es justo le da a Dios la pureza y al mal le da la espalda. El sobrio tiene dominio de sí mismo, porque le teme a Dios. Así el buen y fiel cristiano vivirá y servirá a su Dios con sobriedad y justicia en esta tierra hasta que su Señor venga a buscarlo. Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
