El profeta Ezequiel tenía en sus espaldas la gran responsabilidad de amonestar severamente al pueblo de Israel cuando ellos estuvieran obrando mal ante Dios. Las reprensiones no le gustan a nadie pues se convierten en vergüenza, entonces nos molestamos y hasta criticamos la amonestación y a quien nos amonesta. Pero, así no se hace lo que hay que hacer, que es proceder de inmediato al arrepentimiento. Hay un propósito de arrepentimiento y restauración que va con la amonestación o reprensión. Después de la reprensión debe haber un cambio, una regeneración de aquello que a Dios no le agrada. Por eso, nosotros debemos entender muy claro lo que a Dios le agrada y lo que no le agrada. Debemos caminar con esa responsabilidad sobre nuestros hombros. Aquellas amonestaciones que Ezequiel debía darles a los israelitas representaban el que fueran o no librados de juicio o castigo. Así que, era tan serio para Ezequiel el ser culpable o no de la sangre de aquellos a quienes tenía que amonestar y corregir, como también es igual de serio para nosotros en este tiempo amonestar, corregir y advertir a los que están con nosotros del peligro del pecado y de la desobediencia.
Debemos hacer lo debido en las oportunidades que a Dios le place darnos. Dios mira nuestra vida. Él busca a alguien cuyo corazón esté dispuesto para sentir compasión. Cuando lo encuentra, entonces Dios comienza a inquietarnos, a hablar y a movernos. A Ezequiel le tocaba hablar mientras su lengua estuviera suelta y ligera. Necesitamos ser sensibles a la dirección de Dios. En estos tiempos la iglesia se ha convertido en el sistema que provee para que la gente vaya y se sienta bien. Pero, eso no es así, la iglesia es donde hombres y mujeres violentos arrebatan el reino de los cielos y viven su vida sobriamente, donde los creyentes saben hacia donde van.
Ezequiel tenía que estar muy sensible para ser guiado por Dios y así tenemos que estarlo nosotros para testificar y hablar a otros. A veces, callamos cuando debemos hablar. La flojera nos quiere arropar y tenemos miedo a que la gente nos diga algo malo. Debemos saber que cuando Dios nos exige librar a muchos del mal es porque amamos con un fuego en nuestras vidas. Eso es lo que nos hace hablar y movernos. ¿Porque no meternos en medio y librar a alguien de su desgracia? Se vive mucho para uno mismo, se vive en un egoísmo muy fuerte. Como Dios le exigió a Ezequiel, nosotros hoy día debemos estar más conscientes de nuestro deber de atalayas con el Dios vivo. A lo mejor es que no conocemos el poder de Dios. Cuando en nosotros está Dios Él nos habla, nos revela para hacer según lo que hay en su pensamiento.
A veces, obramos de acuerdo al estado de ánimo en que estamos, pero debemos obrar según lo que Dios quiere y ser capaces de ponernos nosotros a un lado y tomar el pensamiento de Dios. A veces, se medita demasiado en cosas muy vanas. Debemos saber cómo caminar para Dios. Para poder oír y hablarle a Dios hay que estar en comunión con Él. Ezequiel iba a ser el vigía, el guarda, el que cuidaba y el que hablaba de parte de Dios, pero ya comenzaban los problemas, las malas intensiones. Mejor le era morirse que ser un vigía del pueblo. El vigía era el que hacía sonar la bocina o alarma ante la inminencia del peligro. Por eso, Dios nos escoge para librar las vidas de otros de los grandes peligros. Pero, Ezequiel hizo lo que tenía que hacer, abrió su boca para anunciar los peligros a su pueblo. Hagamos nosotros lo mismo en nuestro tiempo y circunstancias.
Cuando llega la desgracia nadie la podrá arreglar. Pero, cuando somos luchadores para librar de los grandes peligros, debemos saber que lo hacemos para evitar que se destruya todo. Los atalayas también corren grandes peligros, pues el enemigo tendría una sonada victoria si lograra dar muerte o hacer disertar al atalaya. Si el enemigo logra que muramos espiritualmente nos habrá cerrado la boca. No lo permitamos nunca. Cuando la voz de Dios deja de ser es por la apatía, de ahí es que viene la muerte espiritual para que no vigilemos. Si vemos el peligro y no lo anunciamos tendremos que pagar un alto precio. El Dios del cielo nos paga por ser atalayas, no hay por qué temer. El atalaya ve como el diablo toma a las gentes para destruirlas, entonces uno se tiene que llenar de pasión y de amor por ellos. Los tiempos se acaban y Dios marca los tiempos.
Cuando hay muerte espiritual las personas enmudecen, no saben qué aconsejar. Cuidado, con los peligros del atalaya. La muerte espiritual se ve cuando hay apatía a todo lo que está alrededor. Miremos las cosas, observemos, luchemos por lo bueno, porque lo lamentable es que tendremos que dar cuenta a Dios. La muerte espiritual, la apatía, la falta de pasión nos quiere llevar para que dejemos de vigilar y no sepamos por dónde viene el enemigo y esto sería una vergüenza para nuestras vidas. El pueblo de Dios no puede ser víctima del enemigo sino que está para hacerle frente, velando, espiritualmente inquietos, valientes, preparados.
En muchas ocasiones, hay desertores que huyen del lugar de la batalla. La huida del desertor es por el peligro que vio. A veces, dejamos nuestro lugar porque no queremos ver el peligro. Entonces, habrá queja y lamento del desertor porque dejó el lugar donde Dios le había puesto. Para un desertor sus lágrimas serán en la vejez cuando ya no tendrá fuerzas. El que lucha y sabe que Jehová lo ha llamado como atalaya vigila siempre. La iglesia del Señor Jesucristo es una iglesia pura. Somos los que luchamos, echémonos al mundo en contra, pero libremos del peligro a los que debemos librar. Parece que para algunos les es mejor ser desertores y quedarse callados. El atalaya no puede abandonar su puesto aunque aceche el peor enemigo. El gran problema del atalaya al abandonar su lugar es que puede caer ejecutado por su propio jefe, porque la ira de Jehová es contra él, el pago lo da Dios. Librémonos de tal cosa como lo hizo Ezequiel.
Algunos hombres de la tierra maldicen al atalaya que es fiel a Dios, pero mejor es eso a que nos venga la maldición de nuestro Dios porque fuimos falsos, mediocres y tuvimos a la gente contenta pecando y haciendo el mal. Busquemos la bendición de Dios como valientes. ¿De quién queremos la recompensa, de Dios o del hombre? El atalaya recibe y da informes fielmente. Miremos entonces para arriba donde está Dios y amonestemos de su parte, tomemos notas de qué es lo que Dios ha hablado, revelado y dicho. Batallemos las cosas. Si algo debemos saber es informar de lo que se ha oído, no en nuestro propio nombre sino en el de Dios. Que no haya tristeza porque no se batalló y se dejaron pasar las cosas. Informemos lo que el Señor quiere poner en nuestro corazón y estemos dispuestos. Seamos los atalayas del Altísimo, valientes y decididos como lo fue el profeta Ezequiel. Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
