He estado pensando en estos días sobre lo falto que un creyente puede estar cuando no está consciente de que su lucha es contra Satanás. Nuestro enemigo el diablo es el que trae toda tentación y todo el mal que pueda llegar a la vida de uno. Pero, por el poco ánimo hay cosas que se van dejando y eso es darle lugar al diablo. Se le deja ese lugar y él hace de su maldad, pues puede estar allí en la mente como si tuviese una herencia dada por uno. La causa es el doble ánimo en que se obstinan algunos creyentes en tener a pesar de la Palabra dada a la Iglesia a cada momento para advertirlos y animarlos. Luego, cuando las cosas se les ponen muy mal, buscan a la Pastora para que les quite el demonio de encima como si esto fuera algo así como así.
Pablo les escribe a los hermanos de Éfeso desde la cárcel. Los hermanos de esa iglesia no tenían a Pablo cerca de ellos. Les escribe exhortándoles a que tengan fuerzas en el Señor. El poder está en las fuerzas que nos da el Señor. Los creyentes somos compañeros de armas y es necesario que cada uno pelee la buena batalla con su armadura cristiana, la armadura que nos da el Señor. Pablo les dice en el vs. 10 "Fortaleceos en el Señor", que sean fortalecidos y en el poder de su fuerza. Para que estén fuertes contra los enemigos de la Iglesia y de sus vidas. La vida cotidiana de un verdadero hijo de Dios es una guerra. Las huestes de Satanás se dedican a obstaculizar y a obstruir la obra de Cristo y a poner fuera de combate a los soldados del Señor, que somos todos nosotros. El segundo mandato en el vs. 11 resalta la necesidad de la armadura de Dios, pues no podemos dejar en nuestro cuerpo ninguna abertura libre para que Satanás pueda golpear. Tenemos que cubrirnos la cabeza, los pies, el corazón, el abdomen, los ojos, los oídos y la lengua para no darle ninguna ventaja al diablo. Estas piezas de la armadura vienen a nuestras vidas de Dios, son poderosas porque en ellas no hay nada carnal. Debemos estar firmes contra todo aquello con que el Diablo quiere ponerte lazo para amarrarte.
El diablo usa artificios muy estudiados con el arte de su maldad. Toda maquinación la hace con vil maestría en contra tuya para detener en ti lo santo, detener lo de Dios. El deseo del Diablo es engañarnos ya que él es el gobernante y por lo tanto organizador en el reino de las tinieblas, que es todo opuesto al reino de la luz. El Diablo tiene varias estratagemas como por ejemplo; lanzar desaliento, frustración, confusión y errores doctrinales. Él, en su estudio de cada creyente, conoce nuestros pensamientos más débiles y apunta para atacar allí. Si no puede inutilizarnos mediante un método intentará otro. Es una lucha sin cuartel, es nuestra batalla contra las fuerzas demoniacas. Luchamos contra batallones de ángeles caídos, contra malos espíritus que tienen un gran poder. Aunque no los podamos ver estamos siempre rodeados de esos malvados seres espirituales. Pero, gracias a Dios que mediante la armadura de Dios tienes todo lo necesario para mantenerte firme y no ceder terreno frente a sus ataques. Los ángeles caídos son principados y potestades que dominan el mundo de las tinieblas y a las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. La lucha en la que estamos envueltos no es contra carne. Nuestros enemigos de carne y sangre no son sino solo meros instrumentos; el verdadero enemigo oculto tras ellos es Satanás mismo, contra quien es nuestro verdadero conflicto. Por causa de esos gobernadores de las tinieblas vemos que en este mundo hay brujería, espiritismo, se hacen reglas y toda clase de cosas diabólicas. Son gobernadores mundiales, pero no lo son del universo pues en toda la creación reina absolutamente nuestro Dios Todopoderoso.
Por eso, no hay que temer. Tomemos toda nuestra armadura para vencer. Resiste en el día malo para que no te descompongas sino que quedes de una sola pieza y puedas estar firme (Efesios 6:11). Dice la Palabra que estén ceñidos nuestros lomos con la verdad. De veracidad, sinceridad, de buena conciencia. La verdad es la faja (o cinturón) que junta y sujeta los largos mantos al cuerpo de modo que el soldado cristiano esté sin trabas para la acción. Que estemos ceñidos de esa integridad para que podamos guerrear bien. Habiéndonos vestido cada uno de nosotros con la cota (o camisa, chaleco) de justicia. La justicia que se une con la verdad. La justicia que obra por la verdad. Es la justicia practicada, la que se hace manifiesta en tu integridad y rectitud en tu vida diaria. Vive la justicia en tu vida y no habrá nada que te pueda destruir. La justicia de Cristo es obrada en nosotros por el Espíritu. Dice que estén bien calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Esto sugiere la disposición a llevar las buenas nuevas de la paz. La paz interior forma un contraste hermoso con la furia del conflicto exterior. Ya hemos mencionado tres prendas de vestir de la armadura: la cota, el cinturón y los zapatos. Ahora hablaremos de otras dos armas defensivas, el yelmo y el escudo. También contamos con otras dos armas ofensivas; la espada y la lanza. El escudo de la fe con que se puede apagar todos los dardos de fuego. El escudo de la fe con seguridad obstruirá y así apagará todos los dardos de fuego del maligno. La fe vence al maligno porque se le cree a Dios. El escudo nos sirve para apagar los dardos de la tentación cuando somos incitados a la ira, a los deseos carnales, a la venganza y a la desesperación.
Vencemos al mundo poniéndonos también el yelmo de salvación en la cabeza. Acepta el yelmo ofrecido por el Señor que es la salvación. Así se añade el yelmo al escudo de la fe como siendo su acompañamiento inseparable. La cabeza del soldado es una de las partes principales que necesita más defensa, ya que contra ella pueden caer los golpes más mortales y es la cabeza la que manda todo el cuerpo. Asimismo la cabeza es el asiento de la mente la cual no recibirá doctrina falsa ni cederá a las tentaciones de desesperación de Satanás. Y la espada del Espíritu; esta espada es provista por el Espíritu quien inspiró a los escritores de la Palabra de Dios. Es la espada de dos filos, cortando en ambos sentidos, hiriendo a algunos con convicciones y conversión y a otros con condenación. Cristo la usó con la tentación (Mateo 4:4, 7, 10).
Si te fijas bien: no hay armadura para la espalda; es que ¡NUNCA DEBES VOLVERLE LA ESPALDA AL ENEMIGO! Pablo exhorta a estar orando, no dejes de orar en todo tiempo, cuando está la oportunidad y cuando haya la exigencia. En todo tiempo y en súplicas; en oración suplicante para evitar el mal. (Romanos 8:15) Por el Espíritu es que se ora nos capacita para ello. Velando y no durmiendo. Velando con toda perseverancia, constancia y súplica por todos los santos. ¡Orad por mí para que pueda abrir mi boca! Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
