Los judíos de Jerusalén se habían contaminado con pecados a granel delante de Dios. Por lo tanto, la mano de Dios los venció mediante castigo. Venció el Señor a Jerusalén, al pueblo que Él mismo escogió. Es el mismo Dios quien los vence ¡y de qué forma! No puede vencerlos Satanás, solo Dios es quien los vence. ¡Y de qué forma tuvo que morir aquel pueblo escogido! ¡Qué gran lamento! Nunca se puede pensar que podamos tomar como liviano que Dios nos haya escogido. Jamás debemos perder lo que Dios nos ha dado. No perdamos ni un segundo, ni días, meses o años de los que Dios lleva marcando para nuestras vidas. Acuérdate que pasan los minutos, las horas, los días y los años y si descuidamos nuestra fe y nos envolvemos en lo que desagrada a Dios, entonces llegará el pago de nuestras acciones con grandes intereses y vendrán las vergüenzas delante de aquellos que quisimos complacer. ¡Huye! Es mejor huir del mal y de los que quieren que les sigamos y que pequemos como ellos lo hacen.
Jerusalén con toda su gente murieron de una muerte triste y lenta. Fueron 18 meses de asedio por parte de sus enemigos. Su ciudad fue rodeada, sitiada, nada ni nadie podía entrar ni salir de Jerusalén. Estaban encarcelados en la ciudad y sin nada de alimentos. El hambre fue lo que contribuyó a su destrucción más que ningún otro castigo. Les vino aquel castigo por parte de Dios, pues la iniquidad de Jerusalén se había agravado más que la de Sodoma. Así que no es extraño que el castigo fuera también más severo, pues Sodoma nunca dispuso de los medios de gracia que poseyó Jerusalén. ¡Dios mío! Este triste cuadro estremece todo mi ser, no solo porque pienso en los niños nuestros, sino que es del Espíritu mi turbación, mi agonía y gran desespero por ver la mano de Dios con su gran fuerza contra aquel pueblo. ¿Quién puede escaparse cuando a Dios le desagrada algo? Ni su pueblo escogido, Israel, se pudo escapar del castigo, debido a sus grandes y continuos pecados. ¡Lo perdieron todo! ¡Con tantos beneficios que se pueden obtener y mantener si solo somos mansos!
Pero, lo que vemos es el pago de la rebeldía. Si las cosas adversas o peligrosas vienen por parte de la naturaleza o por planes del hombre para hacernos mal, eso se puede detener mediante la oración. Pero, lo que le sucedió a Jerusalén fue diferente, el mal les vino después de tantas advertencias y por su falta de arrepentimiento. Había tanto pecado en aquel pueblo que todos quedaron expuestos a una completa destrucción. Sus nobles que antes eran blancos como la nieve y la leche, más sonrosados sus cuerpos que el coral y su talle más hermoso que el zafiro, todo esto tipo de frescura y de hermosura natural, ahora su aspecto había cambiado totalmente. Se había oscurecido su piel más que el hollín, ahora sus cuerpos eran más negros que la negrura. No los reconocen los demás, tan cambiados están caminando por las calles de la ciudad hambrienta, vinieron a ser como esqueletos ambulantes, solo huesos cubiertos con piel.
El mismo hombre contribuyó a su propia destrucción. Murió la ciudad centímetro a centímetro hasta sentirse ella misma morir. ¡Algunas mujeres llegaron a comerse cocidos a sus propios hijos! ¿Sabes? Ya era bastante serio el caso de no tener con qué alimentarse, pero fue mucho peor llegar a alimentarse de ellos mismos. ¡Qué cuadro más horrible éste: el templo está destruido, las madres abandonan a sus pequeños, el pueblo muere de hambre, el castigo se prolonga, los príncipes son irreconocibles por las calles, el canibalismo se ha apoderado hasta de las mujeres piadosas! La cuidad que se consideraba inexpugnable, un lugar que no se podía alcanzar o conquistar por la fuerza, que no se dejaba doblegar ni persuadir, ahora ¡HA CAÍDO!
La destrucción de Jerusalén era total, completa, sorprendente, impensable e increíble. No tan solo para los israelitas sino aún para los reyes de la tierra y para cuantos moran en el mundo. Nadie podía creer que el enemigo y el adversario entrara por las puertas de Jerusalén, la cuidad santa, la morada del gran rey. ¡Quién diría! Ellos pensaban que siempre habían de estar bajo la protección divina creyendo que sería vano el intento de parte de sus enemigos el atacarlos con éxito. Pero, vemos que es el mismo hombre quien busca el mal y como resultado el castigo para sí mismo. Es él mismo que con su empeño de alejarse de Dios y de continuo pecar sin ningún arrepentimiento ni pesar que causa su propia destrucción y la de su pueblo.
Vemos que también aquí se habla del pecado de los llamados profetas, de los sacerdotes; de su maldad. Perseguían éstos a los justos inocentes. Esto se podía ver bien cuando al mismo Jeremías ellos lo rechazaron y lo torturaron restándole todo honor y respeto. Por eso y mucho más recibieron el pago de sus pecados, vagando ahora por las calles con su pena y su castigo, por su mental extravío. Vemos aquí el gran desespero del pueblo bajo todas estas calamidades. No podían esperar socorro absolutamente de nadie. Egipto no les podía ayudar. Al estar sobre ellos el castigo de la mano de Dios quedaban como fácil presa para sus enemigos los caldeos. Aquellos caldeos eran crueles, pero lo peor era que Dios estaba usando a Nabucodonosor (rey de los caldeos) para castigar a Israel. ¡Todo esto es demasiado para poder sobrevivir! No era el hombre sobre ellos, era ¡Dios mismo! Pensaron que podían doblegar a Dios y ¡quedaron destruidos todos, todos, todos!
Aprendamos nosotros de esta gran lección. Cuidemos entonces nuestro corazón para amar a Dios en verdad, con mansedumbre y sin rebeldías. Luchemos fuertemente contra el pecado y el mal, démosle la espalda a los que nos invitan a seguirlos en un abierto desafío al Alto Dios. Nosotros, los que hemos creído al evangelio de Cristo somos el pueblo de Dios y Él nos ama, pero Él espera buenos frutos de nosotros. El que no dé de esos buenos frutos ¡será cortado y echado al fuego! Juan 15:1, 2, 6 "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden." Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
El Ay de Israel
Lamentaciones 4:10-20
“Nunca los reyes de la tierra, ni todos los que habitan en el mundo, Creyeron que el enemigo y el adversario entrara por las puertas de Jerusalén.”
A Jerusalén no la venció Satanás: la venció el mismo Dios que la escogió, por sus pecados a granel y su falta de arrepentimiento. Nunca podemos tomar como liviano que Dios nos haya escogido, ni perder lo que Él nos ha dado. Estos son los puntos para la semana.
- Si descuidamos nuestra fe y nos envolvemos en lo que desagrada a Dios, llegará el pago de nuestras acciones con grandes intereses. Es mejor huir del mal y de los que quieren que pequemos como ellos.
- Jerusalén murió de una muerte triste y lenta: dieciocho meses sitiada, sin alimento. Su iniquidad fue mayor que la de Sodoma, y como tuvo más medios de gracia, su castigo fue más severo.
- El mal que viene de la naturaleza o de los planes del hombre se puede detener con la oración. Pero a Jerusalén el castigo le vino después de tantas advertencias, por no arrepentirse.
- Los nobles, antes hermosos, quedaron irreconocibles, como esqueletos por las calles, y hasta mujeres piadosas cocieron a sus hijos. La ciudad que se creía inexpugnable, ¡cayó!
- Nadie creía que el enemigo entraría por sus puertas; pensaban que siempre estarían bajo la protección divina. Pero es el mismo hombre, con su empeño de pecar sin arrepentirse, quien causa su propia destrucción.
- Los profetas y sacerdotes persiguieron a los justos y rechazaron a Jeremías. Nadie pudo socorrerlos, ni Egipto, porque no era el hombre sobre ellos: era Dios mismo usando a Nabucodonosor.
- Somos el pueblo de Dios y Él nos ama, pero espera buenos frutos. Todo pámpano que no lleva fruto será cortado y echado al fuego.
Dale la espalda a quien te invite a pecar con él, y cuida tu corazón para amar a Dios en verdad, con mansedumbre y sin rebeldías.
Iglesia Cristiana Mega Zoé · Pastora Edermira Cruz
Enemigos en las Puertas
Lamentaciones 4:10-20
Para leer en voz alta con los niños
“Nunca los reyes de la tierra, ni todos los que habitan en el mundo, Creyeron que el enemigo y el adversario entrara por las puertas de Jerusalén.”
Así lo dice la Biblia. En palabras sencillas: nadie en el mundo creía que los enemigos podían entrar a Jerusalén. Pero entraron, porque el pueblo de Dios siguió haciendo lo malo aunque Dios le avisó muchas veces.
- Jerusalén era la ciudad de Dios, con murallas y puertas fuertes. Ellos pensaban: «Aquí nunca nos va a pasar nada, hagamos lo que hagamos». Pero se equivocaron.
- Dios les avisó muchas veces por medio de sus profetas que dejaran el pecado. Ellos no le hicieron caso y hasta maltrataron al profeta Jeremías.
- Entonces los enemigos rodearon la ciudad. Nadie podía entrar ni salir, y se acabó la comida. Lo malo que uno siembra trae consecuencias, aunque uno sea del pueblo de Dios.
- Nadie pudo ayudarlos, porque era Dios mismo quien los estaba corrigiendo. Ser escogido por Dios no es para jugar: es para obedecerle.
- Dios te ama y quiere que des buenos frutos: obedecer, decir la verdad, ser manso. Y si un amigo te invita a hacer lo malo, dale la espalda y aléjate.
¿Qué haces cuando un amigo te invita a hacer algo que no está bien?
Esta semana, si pasa, di «no» y aléjate.
Iglesia Cristiana Mega Zoé · Pastora Edermira Cruz
