Aunque el pueblo de Dios en Egipto era tratado con dureza nada lo destruyó. Al contrario, el pueblo del Señor crecía en todo. Todos aquellos descendientes de Abraham eran fuertes y saludables. Aunque Faraón pensó que poniéndoles grandes cargas de trabajo y utilizando tratos bárbaros e inhumanos los eliminaría, los debilitaría y haría desaparecer, sucedía todo lo contrario. Entonces eran más en número, más se multiplicaban. Al Faraón no poder terminar con el pueblo con el maltrato, ahora quería destruirlos directamente, quería matar y hacer desaparecer a los niños varones. Buscaría consejo para ese mal y le llegó a la mente. Le llegó al corazón el mandar a buscar a las parteras para mediante ellas destruir la raíz de los israelitas, destruir a los hijos varones pequeños.
Faraón era un gran agente del mismo Diablo. Ahí es donde está el asunto: no nos enfrentamos contra el mero hombre malo, sino que es contra el Diablo que se enfrenta tu vida. Es importante saber que es con el mismo diablo que uno tiene que luchar. El diablo posee autoridades en la tierra mediante los cuales él se levanta para quitarte lo de Dios. Así quería eliminar la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob. El Diablo lo que quisiera es eliminarte, quitarte, hacerte desaparecer para tener el camino libre para él estar sin estorbos y continuar a sus anchas haciendo el mal. Entre aquellos niños sentenciados a muerte por Faraón iba a nacer MOISÉS, a quien luego Dios usaría para sacar al pueblo de Egipto y llevarlo a la Tierra Prometida. ¿Quién estaría más cerca de Moisés al nacer? ¡Las parteras! El Faraón era ese agente que quería destruir al pueblo de Dios y para lograrlo necesitaba la ayuda de alguien que estuviera cerca de las hebreas cuando parieran, eran las parteras. ¡Ellas acabarían con cada bebé israelita según el plan siniestro de Faraón inducido por el Diablo! Sabía el Diablo que entre una de esas hebreas que darían a luz estaría el escogido de Dios.
Faraón, rey de Egipto, les habló a las parteras sobre las hebreas. Al parecer le habló solo a dos de ellas. O eran ellas dos las cabezas de una gran corporación de parteras o quizás metiéndose solamente con estas dos el rey se proponía amedrentar a las demás para poder llevar a cabo el cumplimiento secreto de sus deseos. LA ORDEN ERA QUE MATASEN A TODO NIÑO. Para añadir una nueva nota de barbarie a las ejecuciones ordenadas por aquel instrumento del Diablo, los verdugos debían ser las mismas parteras. ¡En qué posición ponía Faraón a estas mujeres que estaban para traer a la vida los niños! ¡No era para llevarlos a la muerte! Tal era la maquinación del Diablo; muerte, muerte.
La solución para el bien de las parteras era: ¡temer a Dios, quien cierra toda puerta al Diablo! ¡Las parteras eran mujeres temerosas de Dios! Su fe las inspiraba con tal valor. No cumplieron con la orden de Faraón aunque sus vidas corrieran grande peligro desobedeciendo al mandato del cruel tirano. Ellas no le temían a Faraón, era a Dios que le temían. Ese temor las hizo desafiar el mandato del rey. Antes que el rey de Egipto ellas atendieron a la ley del pueblo de Dios. Temieron a Dios, consideraron su ley temiendo más a la ira de Dios que a la ira de Faraón. Aquellas parteras fueron valientes al poner la confianza en el Dios de Israel y negarse a la orden del Faraón de matar a los varoncitos recién nacidos. Ellas lo que hicieron fue que los protegieron y los dejaron con vida. La excusa que le dieron al rey en el momento en que se les cuestionó fue que las mujeres hebreas eran muy fuertes, tanto que ellas llegaban demasiado tarde para poder asistirlas en el parto (Vs. 18, 19). Como cayó sobre ellas el temor de Dios eso hizo detener la mano criminal diabólica.
Por lo que hicieron las parteras Dios las protegió. Porque las parteras temieron a Dios el pueblo creció poderosamente. Los hebreos crecieron y prosperaron. ¡El temer a Dios es más grande que temerle a Faraón! Dios no está en nada limitado, Faraón sí está demasiado limitado. ¡El poder es de Dios! El Diablo no tiene el poder para doblegar el poder de Dios en los que le temen. La recompensa con que Dios premió a las parteras por la atención que tuvieron con su pueblo fue que les bendijo a sus hijos, les prosperó a sus familias (Éxodo 1:21). Por ser mujeres temerosas a Dios que recibiendo la orden de ejecutar, al contrario dieron vida, pues Dios les dio vida a sus familias. ¡El temor que tengamos hacia Dios es lo que hace que los nuestros prosperen! Porque prosperaremos cuánto más le temamos a Dios y no al gobierno, ni a la economía, ni a nadie. ¡El temor existe para con Dios no para con el hombre en la tierra! Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
