Gálatas 4:21-31
Si alguno es esclavo, es porque no ha conocido el poder de la transformación de la sangre de Jesucristo. No debemos ser esclavos de la carne ni tampoco de los pensamientos. Es un gran error cuando en ocasiones uno se juzga a sí mismo de acuerdo a las ideas y a los conocimientos adquiridos por la tradición o por la propia intuición. Esto le sucede al que no conoce la Palabra de Dios y el poder de la sangre de Cristo que redime y transforma a los pecadores. Por no conocer que Cristo liberta de la esclavitud, muchos tienen el problema de que se convierten en esclavos. Pero, nosotros los que hemos creído somos libres, somo hijos de la libre. No somos hijos de Agar, que era esclava, sino de Sara, la esposa de Abraham. Somos hijos herederos de la promesa. Gálatas 3: 9, 29 Tener un nombre como Sara es decir mucho, pues es un nombre con bendición. Sara tenía sus pensamientos antes de Dios prometerle un hijo. Luego sus pensamientos cambiaron. Así que no es lo que yo haya creído de mí mismo según la vida le haya dictado a mis pensamientos, sino que yo tengo que vivir una vida nueva al recibir de Dios sus promesas de bendición y entender que através de Cristo soy hijo de la libre y que no soy esclavo. ¿Sabes tú lo que es vivir en esclavitud? En ocasiones nos dejamos engañar por la vida y hasta queremos vivir como esclavos. Analicemos lo que era un esclavo en la antigüedad. El esclavo no tiene derechos para nada, no puede reírse delante de la gente, no puede hacer nada si no es con el permiso del amo. No puede ponerse un buen vestido y para comer tiene que comerse lo peor, lo que sobra. No es nada bueno ser esclavo. Y si consideramos a los hijos de los esclavos, les va peor que a sus padres. Cuando llegan a un sitio de reunión quizás se salude a los padres, pero al niño no se le saluda. Entonces ser hijo de un esclavo resultará ser peor. La esclavitud es cansancio, no hay libertad, se camina con marcas en el cuerpo y en ocasiones hasta se les ata con cadenas y se les azota. Ante este cuadro, sepamos que está muy claro en la mente de Dios que por recibir a Cristo y creer en Él como mi Salvador, yo soy hijo y no soy esclavo. No existe un término medio entre ser libre y esclavo. O eres libre o eres esclavo. ¡Qué pena cuando se es esclavo! Para acercarse ante Dios muchos se dan castigos corporales, se azotan, hacen sacrificios, pero recordemos que Jesús dijo, "Misericordia quiero y no sacrificios." Mateo 9: 13 No pensemos que tenemos que castigarnos para agradar a Dios. Hemos sido recibidos por gracia y perdonados por su misericordia y lo único que nos es necesario es que demos de gracia lo que por gracia hemos recibido. Claro, Dios lo que quiere que entendamos es que somos hijos de la libre, que ya no somos esclavos, que no hay nada que pagar pues Cristo lo pagó todo. Gálatas 4: 3-5 Si hubiera que pagar algo en vano sería la muerte. Lo único que tenemos que hacer es ir al Señor Jesucristo y pedir perdón si hemos pecado. No tenemos que pagar nada porque hemos sido lavados con la sangre de Jesús. ¿De qué debemos tener cuidado? De no olvidar que somos libres. Que con cargas no podemos hacer nada. El hijo es para disfrutar sus privilegios de hijo. No podemos tener dos vidas, una de hijos y otra de esclavos. Ser esclavo es hechar sobre ti unas cargas. Y la esclavitud es muy dura. Dios le había prometido a Sara un hijo. Ella no era una quinceañera, tenía muchos años y era estéril. Por otro lado, estaba Agar, una esclava egipcia que era sierva de Sara. Génesis 21:9 Sara era mayor y Agar era más joven. Todo comenzó cuando Abraham fue a Egipto porque había mucha hambre. Abraham era el escogido, el separado de Dios, sobre quien había una palabra de promesa y de bendición. (Cuando Dios nos habla, que no se nos olvide todo lo que Él nos quiere dar.) Al llegar a Egipto todos comenzaron a hablar de lo hermosa que era Sara, pese a su edad. Según Génesis 12:16 faraón le envió a Abraham muchos regalos y entre ellos se le dieron criadas. ¡Ojo, entre esas criadas venía Agar! ¡Cuidado con lo que recibimos, tengamos dignidad! Cuando somos escogidos no tenemos necesidad de depender de faraón, sino de Dios que nos da promesas de bendición. Tenemos que proteger lo puro, cuidar todo lo que es santo, porque Jehová atormentará a todos los que nos quieran hacer daño. Siendo Abraham el escogido, el hombre de la promesa, por ese error comenzó a moverse con algo que le afectaría: la esclava Agar. Agar jamás pensó que Sara le dijera: "Ya estoy vieja, júntate con Abraham porque Dios le ha prometido hijo y conmigo no va a poder ser." ¿Que le pasó a Abraham? Se puso en tres y dos y aceptó. ¿Por qué tomar un regalo del diablo que no nos corresponde? El que le cree a Dios alcanza. Soltemos a Agar, soltemos los temores, la desconfianza y el pánico. Lo que es de la carne no es promesa. A Sara era la promesa, pero Sara se rió. Con todo eso, no se le contó como castigo porque tuvo el hijo prometido por Dios, tuvo a Isaac. ¿Cómo hemos de ser esclavos? Que hoy podamos entender cuán grande es el poder de Dios. La carne es de mucha desconfianza. Así es para los que no oran ni leen las Escrituras. En la carne no hay gozo porque hay mucha desconfianza y eso trae mucho dolor. En cambio, para los que viven en el Espíritu hay promesas. Sobre nosotros están las promesas. La carne produce mucho malestar. No dejemos que la carne nos destruya. ¿Para qué permitir que la carne dé a luz tanta desconfianza? La carne no confia en nadie. Ella quiere escoger todo lo que es más fácil, aunque no siga la voz y la dirección de Dios. Era más fácil el nacimiento de un hijo de la esclava Agar que el nacimiento de un hijo de la estéril y anciana Sara. Pero, el nacimiento de Isaac fue algo sobrenatural. El hombre de fe vive en lo sobrenatural, nuestras vidas son en lo sobrenatural. La carne dio a luz a Ismael por Abraham haber recibido un regalo que no debía haber recibido. Sara dió a luz a Isaac y fue esto sobrenatural. Todo lo que fue mi maldición, mi pecado, fue llevado a la cruz y cuando uno es libre vive en la perfecta voluntad de Dios. En Gálatas 3: 28 se habla del pueblo gentil. El pueblo de Israel era para tener las promesas de Dios, era para ser el pueblo escogido y nosotros no teníamos nada. Tú y yo no fuéramos nada si Jesús no hubiese muerto y resucitado. Y ahora hay promesas para nosotros. ¿Quieres tú que te quiten esas promesas? ¡Claro que no! Somos hijos de luz, no esclavos. Por nosotros se pagó un precio muy grande. Somos la Jerusalén celestial y reinaremos en la Tierra. Somos "el Isaac de Dios", somos de la bendición, de las promesas, estamos llenos de abundancia. Nuestra oración mueve la mano de Dios y ¿quién puede detenerla? Sobre Abraham e Isaac había la promesa de bendición y las promesas de Dios se cumplen, aunque pasen los siglos. Sus promesas son sobrenaturales y nadie te las va a quitar. Yo tengo promesas, muchas promesas y nadie me las va a quitar. No te preocupes por la persecusión, porque aunque el enemigo trata de perseguirte y de atormentarte, Dios hace y sale a favor del que le cree. Disfruta las promesas porque ser esclavo es algo que destruye. Pero, nosotros somos libres y somos salvos por la gracia de Dios. AMEN.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
