En Lucas 7:37-47 podemos ver a una mujer pecadora, una mujer de la cuidad que se invitó a sí misma a una comida que no era para ella, pero lo hizo para llevarle a Jesús la adoración y honra que Él merecía. Ella trajo para ungir a Jesús un frasco de alabastro lleno con perfume. ¡Qué gran muestra de amor! Miremos bien lo que ella hizo. No lo hizo de frente a Jesús por ser ella una pecadora, sino que lo ungió con sus lágrimas y con el perfume colocándose detrás de Él a sus pies. Ella regó con lágrimas sus pies y los enjugaba con sus cabellos y también besaba sus pies y los ungía con el perfume.
En aquella misma comida el fariseo le dio al Señor una acogida muy fría no dando atención siquiera a los más elementales actos de cortesía, como era lavar los pies del invitado, besarle la mejilla y darle aceite para ungirle la cabeza. Claro, que aquella mujer sabía que ella era una pecadora, por tal razón en su conciencia sabía que Jesús le había perdonado mucho. Pero, Simón el fariseo no tenía ninguna sensación en sí mismo de haber sido un gran pecador. Bien lo dijo el Señor, al que se le perdona poco, poco ama. No era que Simón no fuera un pecador, sino que nunca había reconocido su pecado, su gran culpa para que fuera perdonado por el Hijo de Dios que estaba en aquel momento a su mesa. Si el fariseo lo hubiese hecho, si se hubiese arrepentido reconociendo sus pecados Jesús lo hubiera perdonado y hubiese amado a Jesús como lo hizo aquella pecadora.
Otro caso donde otra persona también unge a Jesús con un perfume de mucho precio (Juan 12:3) fue el de María de Betania. María era la hermana de Marta y Lázaro, su amor y devoción por el Señor le llevó a tomar esta libra de perfume de nardo puro de mucho precio y ungir los pies del Maestro. Ella deja ver con aquel acto que para ella no había nada demasiado valioso para no darlo a Cristo. Él es digno de todo lo que tenemos y somos. En aquella época se consideraba el cabello de la mujer como su gloria, por tal razón estaba poniendo su gloria a los pies del Señor. Dejamos ver nuestro amor al Señor dándole lo mejor a Él.
Otro caso fue el de María Magdalena quien también con sus actos dejó ver su amor por Jesús. (Juan 20:11-13) Podemos ver otra vez, que nos encontramos con el amor y la devoción de una mujer hacia el Señor. Así son las cosas, se ama con pasión. Los discípulos se fueron a sus casas. Pero María Magdalena, de quien Jesús había echado fuera siete demonios (Marcos 16: 9), mucho se le había perdonado y por ello mismo amaba mucho a su salvador y libertador. Ella mantuvo una solitaria vigilia junto al sepulcro, llorando porque pensaba que probablemente el cuerpo había sido robado por los enemigos del Señor. Era de madrugada y tal vez el sol todavía no había salido. Los discípulos mejor que nadie podían saber, pues Jesús mismo se los había dicho que Él resucitaría al tercer día, pero ellos no iban a esperar en el sepulcro sino mejor en casa. Jesús se le apareció a María Magdalena y le encomendó que se lo dijera a sus discípulos. Este magno privilegio le fue dado a esta valiente y agradecida mujer como recompensa por su devoción a Cristo. ¡Bendito el Señor!
Podemos ver también aquí en la Palabra de Dios en Juan 21:7 el amor del apóstol Pedro para con Jesús. Juan dio voces de que aquel que estaba en la orilla era Jesús y Pedro se lanzó al agua en busca de Él. Pedro se echó nadando al mar hasta llegar a Jesús quien estaba en tierra. Debemos recordar que Pedro había negado a Jesús tres veces. No estaba ahora como aquel valiente discípulo sino como el que le negó. Aquel momento de la negación al Señor fue muy triste para Pedro. Ahora tenía que hacerle saber a Jesús de su amor por Él. Tuvo la oportunidad de manifestarle al Señor cuanto lo amaba y así aprovechó y lo hizo. Jesús le ayudó preguntándole tres veces si le amaba y Pedro de todo corazón así se lo manifestó.
En Hechos 21:13 le piden los hermanos a Pablo que no fuera a Jerusalén, es decir que no hiciera la voluntad del Señor. Quienes se lo decían eran quienes lo amaban. Pero, Pablo no siente ninguna simpatía con sus compañeros y hermanos ante las inquietudes de ellos. Aquel lloro y las lágrimas de los hermanos en la fe, solo servían para quebrantarle el corazón. Nada podía detener a Pablo para no hacer lo que su Maestro y Señor le pedía. Les dijo: "…yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús." ¿Qué puede detener en ti el amor hacia el Señor? ¿Era que acaso las cadenas y la cárcel producían temor en Pablo para que detuviera lo que él entendía era la voluntad de Dios en su vida? El amor de Pablo para con el Señor era mayor que cualquier temor que pudiera tener. Estaba dispuesto no solo a estar atado sino hasta morir. ¿Somos capaces de demostrar así nuestro amor por el Señor? ¿Cualquier cosa nos espanta? A la pecadora no le importó lo que pensaban de ella. María dio su mejor perfume, Magdalena se expuso y estuvo en su soledad allí en el sepulcro, Pedro se lanzó al mar aunque pereciera y Pablo no temió a las cadenas por amor al Señor. ¿Y tú, estás dispuesto a todo por Él? Que seamos fieles y le amemos tanto o más como éstos hermanos nos han mostrado con su ejemplo. Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
